2018 / Jun / 20

Había vuelto a quedar con William. Íbamos a ir a un sitio elegante. Él y yo solos, en teoría. Era un sitio elegante por lo que me había dicho así que no podía hacer otra cosa que no fuese irme nuevamente de compras. Todo el pequeño colchón que tenía estaba comenzando a desaparecer con aquellas compras imprevistas. No obstante, merecía la pena o eso esperaba. Sus labios me habían hecho sentir como ningún hombre antes lo había hecho, aunque era probable que fuese porque eran los primeros labios que habían besado los míos.

Me dejé llevar por mi estúpido ser romántico. Ese ser que lograba que viviese en un mundo diferente a la realidad. Un mundo en que todo era posible y ¡demonios! ¿por qué no podía permitirme disfrutar aunque fuese una vez? Era el primer hombre que podía tocar, palpar y sentir que se había sentido atraído por mí de alguna forma. Después de haberse disculpado y haberme asegurado que de no haberme querido besar no lo hubiese hecho, me había invitado de nuevo a su vida de lujos, de escritor con éxito.

Me enfundé en el vestido rosa que me había comprado. Era un vestido de tirantes que no me permitía llevar sujetador alguno. Mis pechos caían por su propio peso y tenía un escote demasiado sugerente. Sí, tenía que reconocerlo, se veía más de lo que cualquier cura hubiese aceptado, pero mis pechos eran bonitos, o al menos, a mí me lo parecían y quería sentirme sexy por una vez en toda mi vida.

Me hice un semirrecogido, me maquillé en tonos rosa y me subí a unos zapatos endiabladamente altos, pero que permitían que no me pisase el bajo del vestido. Siendo realista, mi estatura no me ayudaba en muchas ocasiones con vestidos comprados a última hora. Suplicaba en mi fuero interno porque aquellos zapatos no fuesen a destrozarme los pies hasta el punto de sentir un dolor insoportable al día siguiente.

La vibración de mi teléfono móvil me indicó que estaba a punto de llegar. Sonreí nerviosa y tras ponerme ese perfume de vainilla que me llevaba acompañando desde mi adolescencia, cogí mi bolso de cóctel y salí de mi habitación para estar en la puerta del hotel y así poder irnos lo antes posible.

Su coche apareció poco tiempo después en la carretera y cuando se bajó su rostro demostraba pura sorpresa. Me sonrojé por completo esperando oír un cumplido o, al menos, que estaba guapa.

— Está… cautivadora —comentó acercándose a mí y tras posicionar su mano en mi espalda baja, justo en la depresión que indicaba el comienzo de mi trasero, besó mis labios de aquella forma que me derretía por completo.

Era domingo si no recordaba mal. Estábamos aún conociéndonos, pero imaginaba que así era como debía sentirse uno cuando estaba enamorándose.

Mi mano se apoyó en su nuca atrayendo sus labios a los míos durante más tiempo. Su forma de besarme era realmente adictiva y me sentía al borde del colapso. Mi corazón tamborileaba con demasiada fuerza preso en la cárcel de mis costillas, pero quería escaparse hasta fundirse con el corazón del hombre que estaba poniendo mi mundo de cabeza.

— Tenemos que irnos —susurró contra mis labios tras haber logrado separarse de mi boca no sin esfuerzo pues yo no se lo ponía fácil.

Acepté sabiendo que tendría que retocarme el maquillaje mientras iba en su coche. Me ayudó a subir y me puse el cinturón antes de buscar el espejito que suele haber siempre en los vehículos. Deslicé hacia un lado la tapa que lo cubría y me observé lo suficiente para ser consciente de que tenía algo enrojecida la piel por el contacto con su barba que picaba, pero de forma deliciosa.

Me retoqué el pintalabios mientras él entraba en el coche y después fuimos camino al evento.

— No es un evento mío propiamente dicho —comenzó a explicarme—, es la presentación de un nuevo proyecto de mi madre. Cuando la conocieron tanto mi madre como mi padre quedaron fascinados, así que espero que no le importe que la traiga en esta ocasión. Mi madre me ha exigido específicamente que le deje cruzar alguna palabra con usted. Desea conocerla un poco más —dijo apretando ligeramente sus dedos alrededor del volante en lo que quise interpretar como un signo de nerviosismo.

— Me encantará poder hablar algo más con su madre. Seguro es una fuente de conocimientos, como usted —dije con una sonrisa antes de acariciar uno de sus brazos sobre el traje con suavidad.

Su boca me había evitado darme cuenta de aquel esmoquin negro con corbata que llevaba en ese momento. No sabía si era un esmoquin o si por el contrario era un traje negro, pero el negro le quedaba tan endemoniadamente bien que no podía creerme que estuviese sintiendo deseos prohibidos por un hombre vestido en traje. ¿No era demasiado cliché?

El lugar estaba lleno de prensa y en el momento que me ayudaron a salir del coche me percaté de cómo todas las cámaras se centraban en nosotros. William rodeó mi cintura con uno de sus brazos y tras posar conmigo para algunas fotografías que no sabía dónde terminarían saliendo, entramos al prestigioso lugar donde se celebraría aquel acto de presentación de Catherine Verdoux. No sabía que alguien dentro de las letras, en el mundo de los estudios sociológicos pudiese provocar tantísima expectación. Sin embargo, estaba segura que se hacían eventos de alto copete casi todos los días en aquella ciudad y el resto de personas, turistas o el mundo plebeyo de Nueva York ni tan siquiera era consciente de todo el oro, los diamantes, el caviar y los litros y litros de champán que se bebían todos los días como si fuese la gala de los Óscars.

Me dejé guiar por William quien parecía estar en su salsa saludando a todo el mundo y presentándome ante sus compañeros de profesión y los de su madre sin colocarme ningún tipo de calificativo. No era la amiga, eso estaba bien, pero no parecía haberme ganado aún el apelativo de novia. Puede que en las relaciones adultas todo fuese mucho más lento. No lo sabía, pero una ligera desilusión se había presentado en la boca de mi estómago, despertando a todos los demonios que vivían ocultos en mi mente.


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