2018 / Jun / 20

Estaba nerviosa, debía reconocérmelo a mí misma. Había estado dando vueltas casi toda la noche. Él había aparecido en mi mente casi todo el tiempo y no paraba de preguntarme qué se suponía que debía hacer cuando le saludase. ¿Un beso? ¿Dos besos? ¿Darle un beso en los labios? Era lo más cercano a una relación que mantuviese el físico también en la ecuación por lo que estaba completamente perdida. Era más sencillo dejarse llevar por las inhibiciones detrás de la pantalla del ordenador, pero parte de mi cabeza pensaba en todo aquello acontecido el día anterior y cómo había llegado a pensar que William no sentía absolutamente nada por mí.

¿La inseguridad extrema era parte de la primera vez en todas las relaciones amorosas o tan solo era por mis propios problemas personales? Ya ni tan siquiera era capaz de recordar las enseñanzas. Los nervios me consumían de todas las formas posibles y tenía el estómago tan cerrado como también deseaba llenarlo de comida para, en lo posible, controlar la ansiedad que me estaba consumiendo.

Me arreglé. No me puse de punta en blanco, pero sí disfruté de la idea de estar algo mona para encontrarme yo más segura. Zapatos de tacón que destrozaban los pies no podían faltar en el modelito. Por suerte para mí había bajado tantos kilos que aunque eran incómodos no me molestaban ni la mitad de lo que me molestaban antes.

Me lavé los dientes, al menos, un par de ocasiones. Me perfumé otras tantas y después cogí el libro para acudir al lugar que me había mandado. Me había dicho que me estaría esperando allí. Esperaba que no fuese un sitio con demasiada gente. Sin embargo, cuando salí de mi habitación allí estaba William, con ese aire enigmático y bohemio que le caracterizaba. Mordí mi labio inferior por instinto y no fui capaz de moverme de mi sitio.

— Buenos días, señorita Mijáilova —comentó antes de ofrecerme su brazo—. Recordé que en nuestra charla me había comentado que era esta su primera visita a la ciudad, así que pensé que sería mejor que fuese yo quien me acercase para llevarle entre el tráfico de Manhattan hasta nuestro destino.

Sonreí sonrojándome como una adolescente y cerré la puerta detrás de mí antes de agarrarme al brazo que mantenía esperando por sentir mi agarre.

— Buenos días, señor Verdoux. Me parece una idea maravillosa, porque, para ser realista, creo que me hubiese perdido demasiadas veces en el metro de la ciudad —comenté mientras caminábamos hacia la salida del hotel—. Dígame, ¿ha terminado de engatusar a la dueña? No ha parado de preguntarme por usted cada vez que me ha visto y sé, sin duda, que está loca por sus huesos.

Me miró de reojo. Tan solo había bromeado, pero me había dado la sensación que no le había hecho ni la más mínima gracia mi broma y no entendía porqué.

— Se ha limitado a dejarme pasar —comentó con un deje brusco en su voz—. Dígame, me ha comentado que ha terminado el libro. ¿Es eso cierto?

— Así es, me he terminado su libro. De hecho, traigo conmigo el tomo, puesto que pensaba devolvérselo —respondí con una sonrisa esperando no haber metido demasiado la pata antes.

Sus cejas se alzaron imperceptiblemente cuando vio que efectivamente no le mentía. ¿Era tan rápida leyendo o es que las personas realmente se asombraban de que yo pudiese terminarme una novela? Para su información les podía hacer partícipe de una larguísima lista de ejemplares que me había leído, algunos que incluían conocidos best-sellers, excepto los libros de Dan Brown. No sabía porqué pero quizá había sido el momento de mi vida en que había decidido leerlos. Sea como fuere El código Da Vinci se quedó en la estantería acumulando polvo desde que no lo tocaba.

Habíamos salido fuera del hotel y caminábamos hacia su coche. ¿Modelo? Seguramente mi padre me lo preguntaría, pero ese tipo de cosas a mí me parecían sumamente impropias. No me interesaban ni lo más mínimo así que, ¿por qué preguntar algo que tan solo le interesaría a una persona ajena a ese momento que estaba viviendo? Podría darle una imagen equivocada, como si fuese una entusiasta del motor y había tenido que ver tanto deporte a lo largo de mi vida que había tenido dosis para el resto de ella.

Durante el trayecto me dediqué a hablar sobre mi obra. Comenté todo lo que me había gustado y lo que no de ella, aunque había muy poco de esto último. Le hablé de la sorprendente sensación al leer su forma de narrar puesto que me había transportado al mismísimo medievo con la salvedad de que estaba lejos de todos los asesinatos, tramas para derrocar a reyes y las enfermedades que debían cogerse con gran facilidad por la falta de higiene en esa época.

Me ayudó a bajar del vehículo y entramos en el interior de la cafetería que él había escogido. Me senté en una de aquellas mesas altas teniendo cuidado de que no se me viese más de la cuenta y tras pedir lo que deseábamos desayunar comenzamos a hablar más sobre nosotros.

— Dígame, señorita Mijáilova, ¿a quiénes ha dejado en su país?

— Tan solo a mi familia, señor Verdoux y, a algunas otras personas con las que he tenido la suerte de trabajar. Pero no tengo demasiadas amistades. Me cuesta fomentar que éstas puedan llegar a ser fuertes.

— ¿Es por eso que ha tardado casi un día entero en mandarme un mensaje?

Entreabrí mis labios sorprendida. Era como si me estuviese reprochando algo. Antes de que pudiese llegar a responderle llegaron nuestros correspondientes desayunos y me desquité con mi croissant desmigándolo y llevándolo a mi boca. ¡A la mierda la regla esa que había leído en la que las mujeres no tenían que comer casi delante de los hombres! Pasaría como una obsesa de la comida, pero o pagaba mi mal carácter con el bollo o el mordisco se lo terminaría llevando él.

— Puede. Aunque no sabía que fuese mi cometido. No soy muy ducha en ese tipo de protocolos sociales —dije intentando dejar el mal humor a la altura de mis tobillos.

A mis oídos llegó un idioma diferente y no pude evitar recordar esos momentos en que habíamos intentado imitar ese idioma: el chino. Aunque no podía saber si era chino, coreano, japonés lo que estuviese hablando ese hombre con la mujer que lo acompañaba.

— ¿Y esa sonrisa, señorita Mijáilova?

— No es nada. Recordaba los momentos en que mi hermano y yo nos sentábamos con mi abuela a intentar hablar en chino cuando era más que evidente que ninguno sabía. La parte buena era que ¡nos entendíamos! Telepatía, supongo —reí ligeramente hasta que volví a fijar mi mirada en el rostro de William.

Abrí mis labios para preguntarle qué le pasaba. Estaba sorprendentemente serio, aún más de lo habitual y era igual que si hubiese oído el peor insulto de la historia.

— Señorita Mijáilova, creo que será mejor que no volvamos a vernos.

Mis ojos se abrieron como platos. ¿Estaba tomándome el puñetero pelo? ¿Qué había dicho? ¿Qué de todo podía ser tan escandaloso? ¿Lo de imitar un idioma siendo pequeños? ¿En serio? ¿Este hombre me estaba mandando a paseo por algo que hice tan solo hasta los ocho años?

La ira comenzó a apoderarse de mí. Mis ojos mostraron esa mirada que mi hermana siempre me recordaba que me hacía parecer una asesina en serie y con toda la dignidad que me pudo mi cabreo creciente, me bajé del taburete y le miré una única vez.

— No se preocupe, no pienso molestarle más, pero la próxima vez piénseselo antes de besarme. Nos hubiésemos ahorrado un estúpido numerito —dije casi escupiendo las palabras de puro resentimiento.

Salí de la cafetería dejándole a él que pagase la cuenta completa. ¡Era lo mínimo! Había jugado conmigo como si fuese una marioneta y yo, estúpida de mí, no había creído a la parte de mi mente que me lo reprocharía durante el resto de mi vida.

Mientras caminaba en dirección a la parada del metro más cercana podía sentir cómo estaba a punto de gritarle a cualquiera que se cruzase en mi camino. No estaba enfadada tan solo con él, sino conmigo misma. Un soberano idiota me había robado mi primer y mi segundo beso seguramente para colgarse la medallita de que había besado a una virgen de treinta y dos años. Tenía hasta que leerse en mi cara. Apreté la mandíbula y mis puños.

Entonces sentí que alguien me paraba, me daba la vuelta y los labios de William volvían a estar sobre los míos. Mi furia era tal que había recibido ese beso como un insulto por lo que terminé cruzándole la cara de un manotazo. Producto de ese momento de descarga quizá fui capaz de pensar con claridad y por eso mis labios buscaron su boca para fundirnos en un nuevo beso. Sus manos apretaron mi cintura contra su cuerpo y el calor que antes sentía por la ira ahora se había transformado en puro deseo por la intensidad en que su lengua luchaba por calmar mi mal carácter.

Una vez nos separamos nuestros ojos se encontraron y una sonrisa apareció en la boca del profesor.

— ¿Era necesario el bofetón? —preguntó con diversión.

— Se lo merecía —asentí reafirmándome en mi postura antes de echarme a reír.


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