2018 / Jun / 19

Había terminado la novela. Cerré el libro con cuidado mientras pensaba en todo lo que ese alma tan culta podría esconderme. William había logrado despertar en mí una admiración poderosa y eso era igual que alimentar una posible obsesión. Hacía demasiado tiempo que no lidiaba con una que fuese real, palpable. La obsesión podía volverse igual de fuerte que un huracán cuando busca destrozar cada parte de la cordura y puede que ese fuese el verdadero problema cuando hablábamos de mí y de cualquiera tipo de relación. El amor que podía entregar era enfermizo, demasiado apasionado, demasiado exigente. No medía, no podía encontrar los puntos intermedios y eso provocaba que los celos apareciesen de una forma irracional. Todo se mezclaba con mi manera de pensar. Creer que era imposible que alguien pudiese sentir algo por mí tenía una fuerza extraordinaria y por una razón desconocida aceptaba sin remilgos esa imposición mental.

Si lo analizaba seguramente llegaría a una solución lógica. Al menos, lógica para mi mente y que pudiese extrapolarse para comprender el verdadero significado todo aquello. Pero, a menudo, uno tiene tanto miedo de lo que puede descubrir que prefiere aceptar que nadie le quiere a sacrificarse para vivir en el verdadero juego del amor.

A veces, me preguntaba si me servía de alguna forma todo lo que había tenido que estudiar durante la carrera de Psicología, si era válida para ayudar con el método que utilizaba a otros viviendo experiencias que yo misma podía haber vivido en carne propia. Después, miraba mis continuos fracasos en aquellos pasos que intentaba dar adelante, pero ¿no era yo también humana? ¿No somos los humanos seres con contradicciones en sí mismos? En muchas ocasiones sabemos lo que el otro tiene que hacer con su problema, pero no así cuando somos nosotros quienes nos enfrentamos a la misma tesitura. Una frase de una de las amigas de mi madre sería perfecta para describir este tipo de situaciones. Los humanos somos aquellos que escupen al cielo aún sabiendo que nos caerá en toda la cara nuestra propia escupina.

Pensé en todas las posibilidades existentes para el día de hoy. No eran demasiadas. El sol se había puesto hacía tiempo y por muy rápida que hubiese sido con mi lectura, era más que inevitable que algo así pasaría. Había tenido que hacer un parón considerable que me había llevado a intentar perdonarme mis propios problemas del pasado, todo lo realizado con Nikolai, y conocer a Gustav, quien había soportado aquel pensamiento de una persona en estado de shock tras mirado fijamente a los ojos a la muerte.

No había demasiadas posibilidades, así que pensé que sería mucho mejor tomarme un día de relax. Sin embargo, mi mente era un hervidero de ideas, planes, posibilidades…

Mi teléfono podría ser una herramienta para realizar alguno de esos planes, pero, siendo realista, las pantallas táctiles y yo no nos llevábamos bien y mucho menos cuando el dichoso aparato decidía quedarse pillado pues necesitaba actualizaciones, pero la memoria ya no daba para más. ¡Tan solo podía una aplicación extra! Eso sí. Mi teléfono estaba repleto de aplicaciones que no había usado en la vida, pero no podía quitarlas. Es decir, si de una memoria de cuatro gigas, pasamos a tener medio giga porque el resto lo ocupa todo el sistema operativo incluídas las aplicaciones obsoletas, te dabas cuenta que te habías comprado una condenada mierda de teléfono, pero aún había que esperar dos años para poder lanzárselo a la cara a quien te lo había vendido porque te habías hipotecado hasta las cejas. Eso sí, una hipoteca, en este caso, de unas míseras libras esterlinas, pero que a menudo, necesitabas para poder comprarte un pequeño capricho si querías levantarte el ánimo.

Finalmente, me decidí por mi ordenador. Había buscando en internet, gracias al Wifi gratis, a William. Sin embargo, no era necesario que le mandase un correo electrónico porque en mi ignorancia completa de los avances de las tecnologías más simples que llegaban a mí de boca en boca, tenía la posibilidad de escribirle a través de la aplicación web de Whatsapp evitando de esa forma, en lo factible, esos errores ortográficos que siempre tenía cuando me ponía nerviosa de alguna manera.

Escaneé el código, y una vez en la aplicación web estaba algo más tranquila. Un teclado grande era más acorde a mis dedos que aunque no eran para nada rechonchos, parecían demasiado gordos para esas teclas de medio milímetro. Siempre daba a otras y por eso tardaba siglos en responder desde el teléfono. Una opción serían los audios, pero, en serio, si me ponía nerviosa escribiendo que no me estaba viendo nadie y podía borrarlo cuando quisiese o me sintiese insegura, ¿un audio sería mi salvación? Negativo.

Recordaba cómo en una ocasión había llamado a un programa de esos en los que pueden traerte a un famoso y en un intento por hacer las paces con mis amigas, o las que había considerado mis amigas, había pedido que usasen mi caso, mis propios problemas para recuperarlas y darles las gracias por algo que no recordaba en ese momento teniendo a aquel grupo que tanto nos obsesionaba a todas, delante. Hasta tal punto había llegado mi ansiedad que había tenido que llamar tres o cuatro veces para hablar con un contestador automático y finalmente, tras año y pico de tratamiento psicológico y psiquiátrico, ese mismo año y pico que había pasado sin saber nada de ninguna de ellas, había optado por lo más simple, retirarme antes de dar la cara.

Rememorar esos instantes en los que había estado tan vulnerable, me resultaban aún sumamente dolorosos. Esa fue la primera vez en que alguien me gustó más allá, en la que sentí algo más fuerte. Esa fue la primera vez que me di cuenta que el amor es doloroso. Esa fue la primera vez que me ayudó a comprender que no me había enamorado realmente, sino que la necesidad de ser aceptada y de amistades me había llevado a la obsesión más absoluta.

Solté un suspiro y me obligué a mí misma a no pensar de nuevo en eso. Me centré en la pantalla de mi portátil que zumbaba por el intento que hacía el sistema refrigerador para que no se recalentase todo el interior. Incliné ligeramente mi cabeza hacia un lado pensando y después opté por descubrir primero si el profesor usaba WhatsApp o era como mis padres que no querían ni oír hablar de una tarifa de internet para sus teléfonos. Era comprensible cuando mi madre seguía usando aquellos con tapa y mi padre, en cambio, usaba teléfonos accesibles con números y letras grandes para personas mayores.

Al descubrir que William estaba también en ese universo infernal, me reí ligeramente poniéndome sumamente colorada. ¿Por qué me pasaba eso si no estaba él allí? Cuadré mis hombros y mi obligué a recobrar la compostura antes de escribirle.

» Buenas noches, profesor.

¿Cómo está? Me preguntaba si podríamos vernos para que le dé mi opinión sobre su obra. He terminado mi lectura.

Kyra».

La respuesta no se hizo esperar demasiado. Poco tiempo después de haber pulsado el enter pude ver ese «escribiendo…» que me indicaba que William estaba respondiéndome y que lo había leído.

«Buenas noches, señorita Mijáilova.

¿Mañana le parece bien? Podemos ir a desayunar juntos.»

Una sonrisa apareció rápidamente en mis labios antes de responderle.

» Perfecto. Nos veremos para desayunar».


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