2018 / Jun / 19

2002

Mi respiración estaba agitada. El dolor de mi pecho era constante. Mis pulmones suplicaban por más aire mientras mis piernas seguían llevándome lo más lejos posible. Tenía que huir. Debía huir. No podía quedarme tranquila por mucho silencio que se escuchase. Permanecía mirando la nada, buscando alguna salida, intentando aceptar que no podía volver atrás, que el pasado no podía cambiarse y que aquello no tenía más solución.

Las risas. Comencé a escucharlas a mi alrededor. ¿Cómo habían llegado tan pronto hasta mí? Había corrido tanto como me habían permitido mis piernas. Mis rodillas habían dejado de facilitarme la labor y habían optado por mantenerse rectas. Sentía igual que si me sangrasen los pies, pero no había parado, no lo había hecho. Había intentado esconderme. ¿Por qué?

El volumen aumentaba. Las caras aparecían casi igual que fantasmas a mi alrededor. Sus dedos me señalaban. Su rostro demostraba asco. No podía cubrirme. No sabía porqué condenada razón había decidido llevar una falda si no había podido depilarme las piernas. Tenía tanto pelo que parecía un condenado orangután. Mis axilas también estaban repletas de ello. Era exactamente igual que sentirse en el estado primitivo del ser humano frente a los teóricamente civilizados. Los ojos se me llenaban de lágrimas y quería llorar, pero no debía, no podía, no tenía que hacerlo jamás.

Me desperté agitada. Tenía un sudor frío recorriéndome la espalda. Podía notar como la camiseta de tirantes estaba pegada a mi anatomía y no me hacía falta ver en la oscuridad para comprobar que aquellos pelos estaban ahí, como un maldito bosque en mis piernas y en todas las partes existentes de mi cuerpo. Era una parte que me disgustaba tanto de mí, que me daba tanto miedo que otros me viesen así, viesen ese ser horrendo lleno de pelos, dejada, descuidada, e imposiblemente atrayente que se había vuelto parte de mis pesadillas. Además, no eran cualquiera quienes se reían de mí. Eran ellos, eran todos los chicos por los que había sentido algo en el colegio o en el instituto y ellas, las odiosas compañeras de clase y personas que creí amigas mías quienes se materializaban tan horripilantes como si fuesen cadáveres.

Pasé mi mano por mi pierna sintiendo a la perfección el «efecto príncipe». Según un dicho de mi madre, una de sus primas cuando no se depilaba decía que tenía piernas de príncipe y cuando sí lo hacía pudiendo sentir piel con piel, tenía piernas de princesa.

Me dejé caer en la cama de nuevo. Me abracé a la almohada y maldije por ello. ¿Por qué mis pesadillas llegaban a ser casi tan absurdas como yo? No tenía ningún sueño en el que me perseguía un asesino en serie. Bueno, no era cierto del todo, en alguna ocasión si había tenido sueños así, pero a menudo… a menudo todos iban por esos temores ridículamente estúpidos e igual que si fuesen luces de neón, mi cabeza me los señalaba para que no me olvidase de algunos de mis miedos más absolutos.

Cerré mis ojos buscando volver a quedarme dormida. Si despertaba mi cabeza haciendo una lista de cosas que hacer o que pensar o incluso, rememorando el pasado no habría quien consiguiese volver a dormirme salvo que estuviese realmente agotada o terminase de poner la mente completamente en blanco.

Estábamos en alguna comida. Podía ver a todas mis tías, a mis padres, a mis hermanos, a mis primos y a la familia política también. Sin embargo, nada iba bien. Mi madre me miraba con enfado por una razón que comprendía, pero a la que no le ponía palabras. No obstante, me parecía ilógico que se enfadase por lo que fuere que estuviese haciendo.

Finalmente saltaba, contestaba un comentario mordaz de mi madre y comenzaba la discusión. Mi padre iba después defendiendo a su mujer como hacía casi siempre. Luego mis tías, mis hermanos… tenían una gran retahíla de insultos y argumentos con los que pegarme hasta en el carnet de identidad, pero no me amedrentaba y les gritaba como un animal salvaje dispuesta a dejarles a todos a la altura del betún. Decía cosas que nunca había pensado, buscando herirles como fuere mientras cada uno de sus dardos se iba clavando en mi pecho llenando todo mi ser de ira.

Volví a despertarme con el corazón a mil por hora. Mi pulso estaba disparado. Mi respiración estaba errática y no podía pensar con claridad. Quería insultar a todos los que estuviesen en aquella condenada casa. Tenía que devolverles todo el daño que me habían infringido.

Me levanté de la cama y justo en ese momento pude pararme a pensar. La casa estaba completamente en silencio. Todos estaban durmiendo. Había sido mi mente que me había jugado una mala pasada, una más. Aunque el rencor al imaginarme los rostros de mi familia seguía patente. Dolida, cansada y completamente incomprendida por mí misma me senté en la cama pensando si realmente estaba loca. Si no era capaz de distinguir la realidad de la ficción. Si aquello tenía cura o si era tan solo parte del desarrollo. Pero la única respuesta era una señal de alarma que me indicaba el intenso poder que llegaba a tener mi mente provocando que no fuese capaz de distinguir un sueño de la realidad.


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