2018 / Jun / 19

Llevábamos un rato hablando. Gustav se había levantado y se había ido al baño mientras yo intentaba terminarme mi granizado. Durante todo ese tiempo no había hecho nada más que hablar de mi hermana. La relación en mi cabeza era sencilla, mi hermana había estudiado historia, él era arqueólogo… seguramente tendrían mucho de qué hablar, pero por una extraña sensación me sentía como si le estuviese poniendo a mi hermana un lazo en la cabeza o vendiéndola al mejor postor. Aquello me desagradaba de mí misma. Poner a cualquiera por delante de mí, hablar de cualquier cosa que no fuese yo, pero él, en cambio, escuchaba paciente, intentando sacar algo de información sobre mí.

Jugué con la pajita y los trozos de hielo que aún contenían algo del zumo de limón. Sorprendentemente para mí estaba a la perfección. No estaba ácido, sino que tenía el punto exacto de dulce para hacer que recordase los veranos en los que habíamos ido a España, el país natal de mi abuela. Ella, tan increíble, había tenido que sacar a cinco hijas adelante cuando se había quedado viuda con tan solo cuarenta y pocos años. ¿Quién no la admiraría sabiendo su historia?

Mi abuela… Bajé mi mirada hacia el tatuaje que tenía en el interior de la muñeca izquierda. Su nombre, bueno, el apodo que usábamos todos los nietos estaba marcado en mi piel. No me importaba lo que eso pudiese significar para otros, para mí, su nombre, era mi verdadero amuleto. Ella estaba allí, presente, siempre, a pesar de no haber podido estar junto a ella en el último minuto. A estas alturas de la vida ya no sabía qué creer y qué no en las religiones, pero me gustaba pensar que una parte de ella siempre venía conmigo, grabada en mi piel, para siempre.

Pude rememorar sus ojos dulces, era sonrisa de pilla que siempre ponía cada vez que realizaba alguna travesura y pensé en la forma que yo creía que ella estaba en el cielo, o allí dónde fuesen las almas. Una niña pequeña, con el pelo tan rubio como el sol, con esos ojos verdes y esa sonrisa de pícara incontrolable. Su diente mellado, producto de una de las escasas peleas que había tenido con sus hermanas, pero esperándome con los brazos abiertos para invitarme a jugar.

Esa había sido siempre ella. Había tenido que crecer porque la vida le había obligado a ello, pero era una niña y lo había sido toda su vida. Siempre prevalece quienes somos realmente. Y su espíritu atraía a quienes eran de su misma edad espiritual. Todos los niños, adolescentes, jóvenes y adultos nos dejábamos regresar en el tiempo con sus chascarrillos y adivinanzas. No nos importaba sabernos sus historias hasta la saciedad ni tampoco nos importaba reírnos por vez novena en el día encontrando alguna otra forma de entender ese mal chiste, esa mala historia. Ese ir y venir o ese tan inocente juego de palabras que le daba ese brillo en su mirada, aquella que había heredado mi hermana. La echaba tanto de menos…

Alcé mi mirada hacia Gustav cuando regresó. Sus ojos volvieron a tener esa preocupación y me percaté que una lágrima había recorrido mi mejilla por la emoción de recordar a mi abuela. La sequé rápidamente sin importarme mucho el maquillaje y el surco que seguramente había dejado la lágrima al caer por mi rostro.

— ¿Estás bien? —preguntó antes de coger mi mano en la suya intentando darme algo de apoyo en lo que fuere que me estuviese sucediendo.

— Sí, es tan solo que me acordaba de mi abuela —respondí con una sonrisa y al dar la vuelta a mi mano para sentir su palma contra la mía la retiró casi bruscamente.

— ¡Tienes la mano helada! —se quejó antes de soltar una carcajada y calentar mi mano con la suya propia.

Reí sin poder evitarlo porque su risa era contagiosa. Nuestras manos permanecieron unidas quizá más tiempo del usual. Al menos, del tiempo que yo pasaba manteniendo algún tipo de contacto físico, de la clase que fuese. Había rechazado tanto el contacto que ahora me resultaba incómodo, insostenible, pero… quería todo eso. Quería mimos, abrazos, besos, atención y sentimiento de cariño como el que se le da a un bebé, siempre manteniendo las distancias con mi propia edad.

El resto de la conversación fui diferente. Comencé a abrirme, por alguna razón desconocida le conté cosas que no le hubiese contado a nadie que no hubiese considerado amigo y me di cuenta que en un tiempo récord, Gustav, ese pequeño ángel personal, se había ganado por completo un lugar en mi corazón. No quería separarme jamás de él. ¿Podría llegar a tener un mejor amigo?

Tras terminar nuestras bebidas, dado que él tenía que regresar a sus quehaceres y yo tenía un libro por terminar, decidimos despedirnos no sin antes darnos nuestros respectivos números. Gustav Dabrowski, mi salvador y el único que me había dado un abrazo que me hiciese sentir en casa. ¿Podía haber tenido más suerte?


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