2018 / Jun / 19

Gustav. Dudaba que ese nombre se me olvidase en algún momento. No podía dejar de mirarle como si fuese la personificación de ese ángel que me había salvado de la desgracia tantas y tantas veces. No por eso creía en la religión, pero daba la sensación que los ángeles habían sido tan extendidos por la literatura para aquellos amantes de ella que era más que imposible no conocer de su ficticia existencia, al menos, dentro de lo que el mundo de la imaginación se refiere.

Tenía el cabello castaño, no demasiado oscuro. Unas cejas gruesas y se veía más pelo que rostro, pero a pesar de estar semienterrado entre su vello facial, su rostro transmitía calma y serenidad. Era exactamente igual que estar ante el David de Miguel Ángel proporcionado en cada milímetro de su ser. La belleza griega, aquella que volvió al arte gracias al renacimiento y la obsesión por la simetría, un rasgo que siempre provoca la sensación de atracción al ojo humano.

Me pilló mirándole y me sonrojé hasta las orejas bajando mi mirada a mis manos. ¿Por qué me estaba comportando igual que una cría de dos años? Pues, porque, lamentablemente para mí, en algunas cosas como aquella seguía siendo una niña tímida de dos años que está conociendo a alguien nuevo y no tuviese la protección de su madre para esconderse tras sus piernas.

Sus dedos hicieron que elevase mi rostro hasta poder fijarme en sus reacciones al igual que él en las mías. Al ver mi sonrojo, por alguna razón desconocida para mí, sonrió logrando que el sonrojo permaneciese más tiempo de ser posible ahí.

— Creo que deberíamos ir a tomar algo. Necesitas reponer fuerzas después del shock. Aún sigues algo pálida. No creo que ese tono de piel sea el tuyo normal —musitó intentando con aquella broma hacerme reír y lo logró.

Me ofreció su mano. Una mano grande proporcional a su altura. Me percaté entonces de la gran distancia que había entre nuestras alturas. Él estaría cerca de los dos metros, yo tan solo rozaba el metro setenta gracias a los tacones. Nunca había tenido mucho complejo de altura, pero cuando tenía que encontrarme con personas que me sacaban más de veinte centímetros comenzaba a sentirme como Frodo cada vez que miraba a los otros miembros de la Comunidad del anillo sin incluir a sus amigos ni al enano, Gimli.

Pensar en El señor de los Anillos, siempre me recordaba a mi familia. No tenía demasiados momentos buenos vividos con mis hermanos. Seguramente mi cabeza no los hubiese almacenado de forma que pudiese encontrarlos cuando desease, pero con aquella trilogía no podía evitar pensar en las largas horas que nos pasábamos jugando a la consola intentando pasarnos uno de esos juegos. Mi hermano se escogía a Legolas. Yo era el montaraz, Aragorn y mi hermana era el enano Gimli. No podían ser más diferentes Gimli y ella. Uno pelirrojo, la otra rubia. Uno cascarrabias… bueno, en eso sí se parecían en ocasiones. Pero si me concentraba era capaz de escuchar la risa de mi hermana mientras intentaba que Gimli fuese más rápido en mitad de la niebla para hablar con el Rey de los muertos. Reír era algo inevitable. Y sabías cuándo era una risa de verdad, porque solía ser bastante aguda y extridente. No obstante, no molestaba, la echabas demasiado de menos cuando no la escuchabas.

Regresé a la realidad y vi que Gustav aún estaba pendiente de mí. Seguramente me había pasado los últimos dos minutos mirando su mano sin decir nada. Sí, debía haberme dado en la cabeza, pero ni había dolor, ni sangre por lo que parecía.

Tomé su mano y él me sonrió. Envolvió la mía con sus dedos y me incorporé. Caminé a su lado esperando que me dijese dónde iríamos, pero era evidente que a alguna cafetería o algo así. «Reponer fuerzas», a no ser que lo hiciese en su casa, sería difícil hacerlo solamente respirando el aire contaminado de la ciudad.

Podía sentir un dolor en las rodillas y por un segundo hubiese deseado pedir a Gustav que me siguiese llevando en brazos, pero me parecía extremadamente abusivo por mi parte. Primero, porque no le conocía lo suficiente; segundo, porque pensaría que era una aprovechada; tercero, porque seguramente yo pesaba un quintal y había hecho sus pesas correspondientes con tan solo haberme levantado una vez en ese día.

A veces, yo misma olvidaba que ya no pesaba esos casi cien kilos que pesaba antes. Ni tan siquiera podía imaginarme con otro cuerpo por mucho que me mirase al espejo. Pero, tras bajar tantas tallas había encontrado algo más de seguridad en mí misma, pero no demasiada.

Caminamos lo suficiente cerca el uno del otro como para que me sintiese igual que cuando era pequeña yendo de la mano de alguno de mis padres. Intenté contener la risa que quería escapar de mis labios por aquella semejante bobada y por andar perdida en mis pensamientos, mi ángel personal tuvo que evitar que me chocase con alguien acercándome a su cuerpo.

Alcé mi mirada hasta sus ojos y le agradecí mientras me sonrojaba.

No tardamos demasiado en llegar a la cafetería. Entramos y pude percatarme que no hacía demasiado tiempo que había comido, pero mi estómago rugía porque no lo había podido llenar del todo por la tensión vivida previamente con Nikolai.

Me senté de espaldas a todos. Un método estúpido de defensa porque ellos podían verme a mí. Sin embargo, suponía que en esos comportamientos también era como una niña pequeña. Si no les veo, ellos no me ven a mí. Y siempre es mejor que te vean la espalda que la cara. Razonamientos sin sentido cuando no me estaba exponiendo de ninguna forma que fuese excesiva, que necesitase que me pusiese la coraza. Bueno, al menos, de cara a la galería. Si era sincera conmigo misma, siempre llevaba la coraza puesta en cuanto solía «al mundo exterior».

La camarera no tardó demasiado en llegar. Me preguntaba cuántas camareras habría en la ciudad. Parecía ser una mayoría porque no me había encontrado con demasiados camareros. Ella, con una voz cantarina, nos ofreció lo que podíamos beber, pero mi mirada estaba perdida en la barra, como de costumbre. Vi algo que me maravilló y observé a la joven cuando esperaba que me decidiese.

— Un granizado de limón, por favor —pedí antes de mirar hacia Gustav, quien con un ligero movimiento de sus facciones demostró su sorpresa.

— Un café —pidió antes de que la camarera se fuese para preparar nuestro pedido.

Tenía la sensación de estar completamente expuesta ante él. Era como si su mirada pudiese desnudar mi alma, no mi cuerpo, buscando algo que me desconcertaba.

— ¿A qué te dedicas? —preguntó al fin.

— Soy psicóloga… —dejé la frase inconclusa hasta que acepté la realidad. Si él podía leerme la mente de alguna forma terminaría descubriendo que había más. Quizá por estupidez, quizá por locura, quizá por el shock previo o porque necesitaba confiar en alguien terminé añadiendo—, pero no soy una psicóloga al uso. Antes de ser psicóloga fui paciente y más tarde usuaria experta. Terminé mi formación porque deseaba ayudar a los demás. ¿Y tú?

Quizá la forma en que lo decía provocó que él no hiciese más preguntas sobre ese tema. Una sonrisa asomó en sus labios y se limitó a responder la pregunta que le había hecho.

— Soy arqueólogo.

— ¡Fascinante! —escapó de mis labios quizá demasiado alto porque por unos segundos el local se quedó en silencio antes de regresar a su bullicio previo.


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