2018 / Jun / 18

2002.

Las obsesiones seguían. Con fuerza. No sabía hasta qué punto realmente me gustaba tanto una cosa y lo que menos sabía era el motivo porque no podía disfrutarlo. Ahora, a menudo, lloraba escuchando canciones, viendo películas, teniendo que aceptar emociones que no comprendía. ¿Se habían vuelto a abrir las compuertas? Me había obligado a mí misma durante tanto tiempo a no sentir.

No pude evitar recordar ese momento en que durante las clases de primaria había llevado un dibujo que me había ayudado a hacer mi prima. A mí no me había gustado la forma de colorearlo ni mucho menos, pero no había podido hacer nada para cambiarlo. No había tenido más tiempo para hacer esa parte de la tarea. Por ese motivo intentaba de todas las formas posibles que ese condenado dibujo fuese más normal y no tuviese tantos tonos de colores diferentes. ¿Por qué no podía ser tan solo morado el cielo o azul? Tenía tonos amarillos, naranjas… Pensaba que si seguía pintando lograría que me gustase en algún momento. Mi profesora me sorprendió con lo que, al menos yo, recuerdo como un grito y comencé a llorar como si me hubiesen dicho el insulto más horrible de la Tierra.

El llanto había sido mi afición favorita durante mucho tiempo. Podía estar furiosa y gritar, pero las lágrimas escapaban de mis ojos sin permiso y ahora, parecía estar volviendo a pasar lo mismo. Me sentía estúpida, boba, vulnerable. Temblar delante de todos y demostrarles con mis lágrimas que era sensible a sus palabras era exactamente igual que cavar mi propia tumba.

En mi hogar, a menudo, cuando lloraba, la respuesta inmediata era hiriente, demasiado. Se enfadaban más y no entendía porqué. ¿Es que si yo lloraba ellos no ganaban la pelea? ¿La ganaba yo? Pero ese «hale, ya está» siempre lograba clavar aún más el puñal en mi corazón. Las compuertas se abrían y no había marcha atrás.

No había llorado siempre para todo, pero mis motivos había tenido. Había endurecido mi corazón. Me había negado a tener pesadillas sobre las películas de miedo que viese. La sangre no me había asqueado. Había gobernado sobre mi cabeza, tozuda, había arrastrado a esa Kyra hasta un rincón donde los fantasmas la comiesen, mientras el resto de Kyra luchaba por sobrevivir y había sido esa misma Kyra, torturada, la que había escapado de su castigo para gritar por ayuda, en un idioma que tan solo entenderían los expertos en el miedo.

Me preguntaba a mí misma cómo se me conocía en el mundo. Me observaba a mí misma en un espejo distorsionado y las respuestas siempre eran mis defectos: la gorda, la empollona, la repipi, la insolente, la obsesiva… ¿realmente servía para algo todo ese dolor vivido? ¿Había salida sumergiéndose en la batalla entre la mente y uno mismo? ¿Y si había cosas que me dolía demasiado reconocer? ¿Qué podía llevar escondiendo mi mente durante tanto tiempo?

Respiré agitada. El aire me faltaba. El dolor se volvía insoportable. Me sentía en la cuerda floja. Era igual que admitirse a uno mismo que más allá hay más y… ¿cómo podía haber más? ¿Podría con todo lo que se escondía en aquel cofre que había cerrado con llave?

Tenía miedo de enfrentarme a la realidad. ¿Y si era una persona con graves desequilibrios? ¿Y si por el contrario descubrían que no me pasaba absolutamente nada y que tenía que volver a meter mi cara entre los libros para recuperar los años perdidos?

Había intentado en demasiadas ocasiones realizar la educación secundaria superior. No había podido hacerlo. Bien es cierto que me habían matriculado en horario nocturno, de forma que fuese con personas que tan solo deseasen sacarse los estudios, pero por mucho que había logrado superar un primer o un segundo examen con notas altas de 9,5 y 9,75; mi cabeza se colapsaba y se negaba a enfrentarse a los exámenes de finales del primer ciclo. No podía, me resultaba demasiado estresante hasta el punto de preferir aceptar yo todos los suspensos que acontecerían con mi marcha del curso a tener que soportar descubrir que mi nota no era lo suficientemente buena para mí.

Podía sentir la presión en mis sienes. Mi hermano ya estaba en la universidad y yo ni tan siquiera podía terminar un curso entero. Mi hermana pequeña seguía avanzando y había seis años de diferencia entre nosotras, pero con los cursos perdidos era más que evidente que ella no tardaría ya seis años más, sino tan solo tres. Era agónico. Casi podía ver el agua subiendo, sentirlo rozarme los labios porque estaba a punto de asfixiarme yo misma en un océano que había construído de la nada.

Tenía tan solo dos opciones: podía dejar que el agua me ahogase o aprender a nadar por muy entumecidas que tuviese las articulaciones o por muchas veces que desfalleciese hasta casi ser yo misma quien me ahogase por no ser lo suficientemente buen nadando, por no saber mantenerme a flote.

No lo supe entonces. No fui consciente ni testigo claro de la decisión que había tomado, pero esa pequeña parte de mí, luchadora, decidida y potente no se rendiría nunca.


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