2018 / Jun / 18

La comida no terminó de mala forma. Alguna que otra risa conseguimos sacarnos el uno al otro intentando recordar momentos vividos a través de las redes sociales. Ambos aceptamos frente al otro que cada vez que veíamos al actor que usábamos en esas redes sociales, no podíamos evitar acordarnos del otro. A pesar de todo aquello, fue un soplo de aire fresco encontrarme con Nikolai. Esperaba, en lo posible, que la vida le fuese de maravilla.

Nos despedimos con un abrazo. Sus fuertes brazos musculados por el gimnasio casi me aplastan contra sus pectorales y agradecí por primera vez en mi vida tener los senos lo suficientemente grandes como para evitar que terminase fundiéndome con él en ese abrazo. Sabía que si aplicaba la fuerza necesaria terminaría quedándome completamente pegada a él.

Una promesa de una nueva llamada que una parte de mí esperaba que no llegase nunca.

Mi cabeza estaba hecha un completo lío. Se habían despertado emociones del pasado. El odio o la rabia había sido la primera, pero la compasión la había acompañado al ver su propio dolor reflejado en sus ojos y por otro lado, aquella Kyra que había estado enamorada de él durante tanto tiempo, me gritaba en busca de mi espíritu romántico pues en varias ocasiones, la soñadora empedernida que se creía irresistible frente a todo hombre y superior a la humanidad, encarcelada de por vida sin permitírsele volar por mi baja autoestima que rápidamente la flagelaba hasta dejarle la espalda en carne viva; había tomado una parte del control de mi mente y había puesto en la cabeza de Nikolai pensamientos que sabía de sobra que pertenecían a esa boba, amante de su egocentrismo. Esos momentos de superioridad mínimos que me permitía alguna vez a lo largo del día y que terminaban siendo en conjunto un segundo frente a una hora de tirarme piedras contra mi propio tejado para recordarme a mí misma que nadie, absolutamente nadie, podía siquiera fijarse en una nimiedad como yo.

Entonces, vino William a mi mente. Negué sintiendo cómo me escocían los ojos porque empezaba a pensar que ese mismo profesor también estaba jugando conmigo. ¿Era simplemente un títere en las manos de su titiritero? Aquello me ponía enferma. Pasaba de la alegría desmedida al dolor interno que se deslizaba hasta la parte más sensible de mí para destrozarla a base de armamento nuclear. Estaba casi tiritando, tenía el vómito en la garganta y no me había dado cuenta que mis pies me habían llevado por la calle hacia algún lugar desconocido tan solo por escapar. Necesitaba huir de todo ese dolor interno, pero… ¿cómo hacerlo si era yo mi propio problema?

Un intenso pitido me sacó de mis pensamientos. Mis ojos llorosos se giraron hacia el ruido y fui consciente en cosa de microsegundos que estaba en mitad de la carretera, que un coche venía a toda velocidad hacia mí y que no parecía dispuesto a parar. Por mi cabeza pasaron miles de cosas a la vez, pero había una que gritaba con fuerza a pesar de no poder distinguirla del todo. Ni tan siquiera se había activado mi sentido de supervivencia, estaba completamente estancada, sin saber qué hacer, a punto de ser atropellada con el grito ahogado en mi garganta.

Sentí un tirón. Alguien o algo había agarrado uno de mis brazos y me había lanzado hacia la acera más cercana. Mis rodillas se golpearon contra ésta, pero mi consciencia no pudo analizar el dolor por el impacto. Mis lágrimas se había escapado de las cuentas de mis ojos por pura inercia, pero todo mi rostro estaba de la misma forma en la que había estado cuando había visto un solo segundo antes a aquel coche aceptando que debía abrazarme a la muerte.

Ahora era capaz de distinguir ese grito que aún parecía reproducirse como un disco rallado en mi cabeza: ¡Corre! Y ni en ese momento hubiese sido capaz de correr. Mis piernas no me respondían, mi cuerpo entero no lo hacía. Era igual que si mi mente se hubiese deslizado a otro nivel en el que estaba prácticamente aislada del resto de mi anatomía.

Mi corazón volvió a latir. Se había parado durante esos segundos y ahora martilleaba dolorosamente. Tenía la cabeza embotada y lo único que era capaz de distinguir con claridad era el continuo sonido de pitidos que empezaba a dudar si no eran la reproducción que me regalaba mi cerebro de aquel oído antes.

Sentí que me elevaba en el aire y mis ojos buscaron la causa de ese fenómeno. Alguien me estaba cogiendo en volandas. Me percaté que era un hombre increíblemente musculoso y con una mirada demasiado dulce para ser normal. ¿Era éste el ángel guardián que había tenido en mi vida durante tantos años y que ahora, por temor a que toda su obra se hubiese ido al garete, había salido de ese limbo para quitarme de la carretera? ¿Podía ser eso verdad? ¿Estaba delirando? Quizá… Puede que me hubiese muerto en mitad de la carretera y que mi mente me hubiese regalado la visión de mi alma, de desaparecía del cuerpo inservible o quizá no había sido mi mente y era algún tipo de poder ancestral.

Mis rodillas empezaron a hormiguearme como si se estuviesen despertando y entonces un intenso pinchazo me despertó de mi boba ensoñación. No había muerto, estaba en brazos de un hombre que me había salvado la vida y que me miraba con preocupación como si estuviese a punto de desmayarme.

— ¿Estás bien? —preguntó una voz grave.

Mi mirada volvió a enfocar sus facciones, pude distinguir y ser consciente de su barba de varios días, la tenue sonrisa que se dibujaba en sus labios como si de esa forma pudiese tranquilizar a cualquier presa que se hubiese descontrolado. Parpadeé varias veces y dije la mayor tontería de la historia.

— ¿Eres mi ángel de la guarda?

A diferencia de lo que hubiese hecho en ese momento no me sonrojé hasta que pude razonar que era una pregunta estúpida y que estaba resultando aún más idiota a sus ojos que solamente por el hecho de haberme quedado en la carretera para ser atropellada.

Mi pregunta provocó una carcajada de mi salvador y tras sentarme en un banco o lo más parecido que encontró, abrió su mochila para ofrecerme una mandarina que comenzaba a pelar con los dedos hábiles delante de mí.

— Creo que sigues en estado de shock. ¿Cómo te llamas? —preguntó antes de entregarme un gajo de la fruta—. Prometo que no tiene veneno alguno así que puedes comerla.

Bajé mi mirada hacia el gajo y lo cogí entre mis dedos sin rozar los contrarios.

— Me llamo Kyra y… ¿quién me asegura que no le pusiste el veneno de alguna forma antes de salir de tu casa o lo acabas de colocar ahora mismo? —cuestioné llevándome el gajo a la boca esperando que no hubiese realmente esa droga.

— Kyra… no eres de por aquí, ¿verdad? —comentó con una sonrisa antes de mostrarme otro gajo de la fruta—. Éste lo comeré yo. Así si nos envenenamos lo hacemos ambos —bromeó llevándose el gajo a la boca y masticándolo mientras sus ojos no soltaban mi propia mirada—. Soy Gustav, encantado.

Sin embargo, mi cabeza parecía haberse obsesionado con la idea del ángel guardián y no la soltaba ni mucho menos. ¿Habría sido Gustav quien me había salvado cuando me caí por las escaleras siendo simplemente una niña?

Suspiré mientras la dulzura de la fruta se deslizaba por mi garganta. Era definitivo. Me había tenido que golpear la cabeza.


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