2018 / Jun / 18

2002

Aquella era una nueva noche en vela. No tenía ni que intentar negarme a vivirlas. Había aprendido que era una parte de mí, algo que no iba a ser capaz de controlar. Sin un horario que me hiciese ver que necesitaba una disciplina sería bastante complicado. Era igual que un bebé que se niega a vivir con las normas establecidas en la sociedad. Dormía cuanto podía cuando quería y eso terminaba siendo el resultado de que pasase noches y noches en vela intentando enfrentarme yo sola ante la posibilidad de ser la única culpable de todo lo que me estaba pasando.

¿Era eso la Psicología? ¿Había que darse cuenta que el mundo a nuestro alrededor no nos comprendía simplemente porque no éramos normales? ¿Significaba todo eso que había estado todo ese tiempo luchando contra corriente? ¿Era esa la vida que me esperaba de ahora en adelante? ¿Era la vida que me merecía? Todo dolor, todo ganas de terminar con el sufrimiento a como diese lugar. ¿Sería una persona capaz de hipotecar su vida al dolor cuando ya la religión no le sirve de consuelo?

Pensé en todo lo que había en mi vida, todo lo que había querido conseguir en algún momento. Esas notas brillantes no habían servido para nada, un análisis que yo había hecho hacía mucho tiempo. Mi inteligencia se iría pudriendo, si es que había tenido inteligencia alguna vez. Mis calificaciones seguirían llenándose de ceros cada vez que intentaba realizar un curso por no poder presentarme a los exámenes. ¿Era eso sinónimo de que sería algo parecido a un parásito social?

Tenía dieciocho años y no tenía posibilidades de futuro ni ningún propósito en mi vida. Pensaba que había estado mal antes, pensaba que sería igual que una mala racha, pero si tenía una enfermedad mental significaba que tendría que negarme a mí misma todo lo que alguna vez había querido. No había posibilidad de redención. No había forma de mirar hacia atrás para decirle a mi yo pasado que no hiciese algo, lo que fuese, que hubiese provocado todo esto. Y lo peor de todo era saber que la culpa de estar así no era de nadie más que tuya. Otras personas habían podido con las adversidades hasta tener una vida más o menos hecha, una vida más o menos satisfactoria y yo, en cambio, ¿qué podía hacer? No había nada que pudiese hacer. Absolutamente nada.

Quería llorar. Llorar de verdad. Quería secarme en lágrimas porque jamás antes había llegado a otra conclusión tan dura como aquella. No era nada más que un punto en una hoja inmaculada que ya no podía servir para los escritos importantes, pero una hoja que nadie aprovecharía, que se quedaría llenándose de polvo resguardando a ese trozo del mundo que ocupaba mientras lentamente fuese amarilleándose y en el momento que estuviese tan quemada por el sol, la arrugarían, la aplastarían y con suerte iría al reciclaje para tener otra vida mejor en un nuevo intento. Si la mala suerte me acompañaba, como de costumbre, iría al vertedero donde su nombre y sus posibilidades se perderían con los deshechos de generaciones y generaciones de la ciudad hasta que finalmente nadie la recordase.

Ese era mi destino y abrazar sin temor esa idea, tan solo podía ocurrir cuando esa persona ya no tuviese ningún anhelo en su maltrecha vida.


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