2018 / Jun / 02

2000

El frío era insoportable. No podía pensar en otra cosa que no fuese refugiarme en alguna parte. Por suerte, mis padres se habían acordado de llevarme ropa de abrigo a pesar de que estuviese encerrada en este lugar de mala muerte. Teóricamente los hospitales deberían ser sitios en los que no se padeciese. Una mentira como un templo. El hospital era lo peor que podía ocurrirle a una persona. No había amor, no había cariño, no había nada más que trato de superioridad porque no dejas de ser el enfermo y ellos quienes te cuidan.

No podía quedarme allí eternamente y, sin embargo, a cada día que pasaba me daba más y más la sensación de estar cavando mi propia tumba dijese lo que dijese. En alguna ocasión mi mal carácter había salido a flote y me habían quitado de en medio como si fuese un animal salvaje cuando había sido la otra persona quien había logrado que yo me alterase.

Esas veces siempre pensaba que si discutía, que si regañaba con las enfermeras terminaría en la habitación acolchada o atada de muñecas y tobillos. Prefería evitarlo a toda costa. Cualquier resto escaso de dignidad que me quedase ya había desaparecido seguramente. Tenía dos opciones, vivir o terminar aún más mutilada de lo que ya estaba aunque no me hubiesen tocado un solo pelo.

Esa noche no había sido yo quien me había puesto agresiva ni quien había saltado a la mínima. Mi compañera de cuarto había tenido la mala suerte de alterarse tanto que se la habían llevado y ni quería plantearme qué era lo que podían estar haciéndole en ese mismo instante. Ojos que no ven, corazón que no siente, o eso dicen.

Sin embargo, la hora del refrigerio ya había llegado. Me estaba terminando de tomar mi leche caliente y finalmente iría a la habitación que tendría vacía, sola para mí, porque esa compañera pasaría el tiempo en algún otro lugar.

Arrastré los pies hasta la habitación sin deseo alguno de que me estuviesen vigilando por la dichosa cámara mientras dormía. Y fue entonces cuando al abrir la puerta vi algo que me haría pensar que estaba alucinando.

En la cama de mi compañera estaba ella, atada de pies y manos, con varios médicos a su alrededor después de haberla drogado lo suficiente como para que pudiese estar tranquila. Mi respiración se aceleró y por mucho que los médicos me dijesen que no pasaba nada y que estuviese tranquila, aquello me pareció lo más escalofriante que podía haber visto nunca.


Leave a comment