2018 / Jun / 30

Aún no podía creerme que él estuviese allí. Lo último que había sabido de él había sido antes de desaparecer. Ni una llamada, ni un correo, ningún mensaje. Había perdido toda la esperanza de poder saber algo de Damian, y… ahí estaba. Siempre buscándome como si fuese yo la que me escapase siempre.

Mis dedos se agarraron a su cabello correspondiéndole el abrazo. Me había quedado en estado de shock. Ahora comenzaba a pensar que todo tenía sentido, que las cosas volvían a sonreírme. Él había sido el primer chico en ser mi amigo, el primer chico que había conocido durante años a través de la pantalla del ordenador y que ahora aparecía frente a mí. Era una sensación muy extraña pues no había pensado poder abrazarle jamás. Siempre creí que nuestra amistad se quedaría entre las pantallas de nuestros ordenadores y que jamás podría ver su rostro en nada que no fuese una fotografía.

Su olor era embriagador. La manera en que su calor me envolvía provocó que mis lágrimas se me saltasen por completo. Era él. Estaba ahí.

— ¿Cómo…?

— Quería darte una sorpresa —musitó dejando un gran beso en mi mejilla.

— Me pillas por los pelos, acabo de regresar de Nueva York —dije antes de mirar por encima de su hombro y comprobar que no venía solo.

Allí estaba ella. ¿Cómo había podido traerla a mi hogar? No la soportaba. Él lo sabía bien. Me importaba bien poco que fuese su novia, aquella visita debía hacerla él solo. Me tensé inmediatamente en sus brazos y él supo porqué era. Era igual que si me leyese la mente. Después de más de cinco años de amistad nos entendíamos a la perfección aunque tuviésemos nuestras discusiones.

— Ha querido venir… —me susurró en el oído.

Los ojos de arpía de aquella morena insoportable me observaron como si fuese el insecto más asqueroso de toda la tierra que había que aplastar cuanto antes. No me costó ningún problema devolverle el gesto de completo asco y necesidad de soltarle a los perros en caso de que los hubiese tenido.

Alta, su cabello moreno deslizándose por sus hombros, una piel más bronceada de lo normal en aquel país y una sonrisa “Profident” casi tan falsa como la bondad que fingía de cara a Damian.

Me separé despacio de mi amigo antes de indicarles que pasasen. No hice amago alguno de desearle buen día ni de regalarle una sonrisa o algo parecido. Era un sujeto hostil en mi hogar y si le abría la puerta era tan solo por mi amigo. Por mí la hubiese dejado pastar como a las vacas fuera, lejos de nosotros.

Ecaterina. La mujer que tantos problemas me había causado con Damian por ser simplemente ella… una bruja, entró detrás de mi amigo para finalmente sentarse en el sofá, en el grande, para estar juntitos sin dejarme un hueco a su lado. Mordí mi lengua para no decirle lo inapropiado que me resultaba eso, pero no quise montar un numerito, no con todo lo que me había pasado en tan poco tiempo.

Me senté en el otro sofá mirándoles a ambos. Ni tan siquiera era capaz de tener buenos modales de anfitriona porque no quería darle nada a aquella arpía asquerosa. Una sonrisa de visible desagrado en mi rostro se terminaba transformando en una de completa sinceridad cuando mis ojos se posaban en mi amigo.

— Así que querías darme una sorpresa —comenté antes de apoyarme hacia el lado que estaba más cerca de mi amigo indicando que ella me importaba más bien poco.

— Sí… sé que he estado desaparecido y que no ha debido ser muy agradable para ti estar sola, pero…

— … estaba conmigo —terminó con aquella voz de bicharraca. Todo el conjunto la acompañaba.

La miré con indiferencia aunque sentí un malestar que tuve que disimular en todo lo posible. Damian me había dejado tirada para ir al consuelo de Ecaterina. No era la primera vez que lo hacía, siempre estaba ella delante de mí y comprendía que fuese a sí si estaba enamorado de ella, pero habían pasado demasiadas cosas entre ambos tiempo atrás que me hicieron creer que no había relación posible entre ellos.

Su brazo se deslizó por el de Damian. Su mejilla se apoyó en su hombro y le miró como corderito degollado provocando que tuviese ganas de vomitar. Era patética. ¿Los hombres realmente caían tan fácilmente en trucos falsos de damisela en apuros y de falsa inocencia? Desvié la mirada asintiendo para finalmente decidir preocuparme por ella de mi forma peculiar, esa que tenía reservada para toda aquella que había intentado hacerme la vida imposible.

— ¿En serio? No me digas que te golpeaste la cabeza y te quedó tan solo una de tus neuronas operativa —imité la cara que ella le había hecho a Damian y a diferencia de lo que pensaba que ocurriese, mi amigo me miró con una cara que fingía ser dura, pero se estaba riendo en el fondo.

— Kyra… —musitó.

Asentí y luego murmuré un casi inaudible “perdón”, pues realmente no lo sentía para nada lo que había dicho.

— No. Había estado completamente indispuesta. Como recordarás acabábamos de terminar hacía tan solo un par de meses y bueno…

Alcé una de mis cejas. Me lo esperaba. Esperaba sentir el jarrón de agua fría recorriendo mi columna, haciendo que me estremeciese. Sabía que lo lograría. Esa era la intención de ella desde el principio, atarle de la forma que fuese. Lamentaba el infierno que parecía haber aceptado mi amigo.

— Estás embarazada, supongo —terminé la frase que había dejado inconclusa.

Los ojos de ambos se encontraron con mi expresión de póker. Aunque no me hacía ni la más mínima gracia un bebé siempre era motivo de alegría aunque fuese un pequeño engendro del mal como su madre. Me preguntaba si le molestaría todas las noches para que no pudiese dormir más de una hora seguida.

— Sí. Está embarazada. De… mí —tragó en grueso Damian observándome como si me pidiese perdón por algún motivo que desconocía.

— Enhorabuena, Osito. Espero, con toda sinceridad, que salga igualito que tú —comenté antes de sonreírle con afecto y apoyar mi mano sobre la ajena.

Mientras tanto, Ecaterina me observaba con una mezcla de incomprensión, sorpresa y triunfo. En la batalla que ella había creado entre ambas, se sentía vencedora habiendo asestado el golpe final.

2018 / Jun / 30

Mi solitario hogar me recibió con su silencio acostumbrado. Todo lo que no había sido recogido antes de que me fuese de viaje, permanecía en su sitio. En momentos así, es cuando una se da cuenta del verdadero trabajo que hacían las madres manteniendo impoluta la casa y haciendo que tras cada viaje, tras todas las horas que uno se pasaba lejos del hogar, se encontrase la cama hecha, los libros recogidos, nada de polvo, la ropa en su lugar… ¿cómo éramos tan idiotas de no verlo hasta que no vivíamos solos? Ni tan siquiera nos preguntábamos si ellas estaban cansadas o no. Ahora, en cambio, sí pensábamos en todo eso porque éramos nosotros quienes completamente agotados aún debíamos hacer todas esas tareas del hogar.

Las infravaloradas madres ahora estaban en un completo pedestal para mí.

Me recogí el cabello en una coleta mientras llevaba la maleta hasta la habitación. Era más que evidente que cuanto antes me pusiese manos a la obra antes lograría terminar todo aquello. Regresé al salón, fui hacia la cocina para coger los objetos para la limpieza y después quise invocar a mi madre para recordar de la mejor manera posible qué lecciones me había dado para poder limpiar cada cosa con su producto adecuado. Recordé ese libro que ella había tenido que aprenderse para tener una plaza de trabajo que lamentablemente nunca llegó, para ser una de las mujeres de la limpieza de cualquier lugar en que quisiese mandarle el gobierno. Prácticamente tenías que ser química para entender todas aquellas reacciones químicas que tenían los distintos productos de limpieza con el material del que estaba hecha la superficie a limpiar.

Me remangué y finalmente comencé a ordenar, barrer y quitar el polvo de todos los muebles que había en mi salón. Recordaba a todos los personajes que siempre había visto en series que disfrutaban de la limpieza compulsiva aunque con el disfrute también había un sufrimiento porque si no eran capaz de dejar la casa impoluta, sin gérmenes y perfectamente ordenada podían estar horas y horas sin parar de limpiar.

Esperaba que ninguna de esas personas fuese a mi casa nunca. No por mí. Sabía que me sentiría una verdadera descuidada en comparación con sus dotes de limpieza, pero ellos podrían sufrir un grave ataque de ansiedad solamente con entrar. Algo que a mí me había pasado en la puerta de un aula, como si todo volviese a repetirse si pisaba una de ellas.

Después de dos horas limpiando, me senté en el sofá hecha polvo. El trabajo físico no era lo mío, de ninguna manera. Me quité los zapatos y dejé que mis pies reposasen descalzos sobre la tarima del suelo que había conseguido que terminase de secarse, al menos, en la zona donde yo estaba sentada.

Me estiré ligeramente antes de acurrucarme en el sofá tumbándome de costado. Cogí el mando de la televisión y la encendí para buscar algo que ver, algo que me ayudase a pensar en otra cosa que no fuese mi soledad continua de cara al futuro. Comencé a bajar por todas las opciones de cine y encontré que ponían una película sobre Jane Austen.

Una sonrisa se deslizó casi inmediatamente por mis labios. No tuve que pensarlo demasiado. Puse la película y me abracé al cojín que me hacía las veces de almohada. Allí estaba la esplendorosa Anne Hathaway, protagonista de múltiples historias en las que era la mujer más deseada. Lo que tiene a menudo ser la protagonista de las películas. No obstante, debía reconocer que su Catwoman no me había terminado de convencer del todo, puede que porque ese traje con el pelo largo a mí no me cuadraba ni de broma. Sabía que Catwoman había pasado por todo tipo de etapas, pero mi favorita era esa última en la que su cabello corto era parte de su rebeldía. Era simplemente perfecta. Todo lo que yo hubiese deseado ser.

Me fijé en el galán de la historia. No era otro que James McAvoy, aquel a quien había visto en miles de ocasiones que habían intentado emparejarle con su compañero de reparto en una de esas películas de mutantes que si había visto, había sido solamente por pura curiosidad o por ver a parte del reparto.

Uno de esos ships homosexuales que la gente parecía adorar a pesar de que ambos, incluídos los personajes que interpretaban, eran heterosexuales. No obstante, ¡el mundo es libre! Yo siempre había disfrutado con las imágenes de alguna pareja de una película en concreto y me había inventado también otras parejas que me hubiese encantado ver juntas, pero la vida es diferente y no somos dueños del destino de nuestros ídolos. A menudo, terminaban con sus parejas que no tenían nada que ver con quien uno podía pensar, sin conocerles por supuesto, que casaban a la perfección.

Permanecí mirando la película, añorando ser esa mujer. Yo quería ser una escritora, yo quería remover al mundo con mis historias. Mi imaginación era desbordante en todos los sentidos. Quería, necesitaba, amaba escribir. Sabía que era Anne Hathaway y no era la verdadera Jane Austen, pero no podía evitar sentir ese orgullo al verla trabajar. Ese orgullo fan por la forma en que se inspiraba, dejaba sus palabras fluir. Vivía el sentimiento a pesar de no tener ella su final feliz. ¿Cómo podía existir tanta perfección en el mundo? No obstante, me fascinaba la forma de la vida en aquella época. El papel de la mujer, la vergüenza que simbolizaba que su mente fuese despierta y no fuese un mueble más en la casa, que tuviese independencia económica sin que el motivo fuese su viudez y la riqueza de su difunto marido…

¿Cuántas veces había soñado con una situación en la que de repente llegaba mi príncipe encantador? Cerré mis ojos anhelando que sonase la puerta y justo en ese momento lo hizo. Sorprendida me incorporé pensando que lo había deseado con demasiada intensidad. El timbre volvió a sonar y me levanté temerosa pues no sabía quién podía venir aquel día a verme.

Abrí la puerta y estaba allí, moreno, ojos claros, sonrisa endiabladamente encantadora, cuerpo endiabladamente mortal y uno de esos hombres que no puedes evitar girarte al verle porque tiene ese aire de malo, al estilo Danny Zuko.

— ¿Damian? —pregunté sorprendida sintiendo que la sonrisa volvía a brotar en mi rostro.

— Hola, Osita —musitó antes de abrazarme con todas sus fuerzas.

2018 / Jun / 30

Habíamos bajado del avión. Por suerte las maletas no pesaban demasiado. Había ido a Nueva York por un período de tiempo muy corto. Sin embargo, había hecho bien en ponerme una rebeca antes de salir del avión, porque la temperatura en Inglaterra siempre era infernal. Sentía un frío recorrerme por la columna a pesar de que estuviese acostumbrada a temperaturas muy frías, pero el frío tenía la cualidad de calar hasta los huesos.

Me abracé al brazo que Gustav me ofrecía mientras íbamos entre la gente a alguno de aquellos bares que seguramente sacaban un ojo de la cara a todo iluso que quisiese comprarse algo en ellos. Yo había caído en la adolescencia en comprar sin mirar precios, después me había vuelto igual que mi madre salvo necesidades imperiosas de esas incomprensibles.

No obstante, en aquella ocasión me gastaría el dinero gustosa porque pasaría un rato más con Gustav antes de que finalmente tuviese que regresar al pequeño hogar que me esperaba en Evesham. No era una casa demasiado grande porque mis ingresos no me lo permitían. Yo era como el resto de la población mundial, tenía que trabajar duro y ahorrar durante muchos meses para poder permitirme un capricho. Para mi viaje a Nueva York había ahorrado desde mi primer sueldo.

Llegamos a uno de esos negocios de comida rápida que esperábamos que tuviesen los precios más estandarizados. Gustav, me sacó la silla para que me sentase y me ayudó a acercarme a la mesa. Aquello era exactamente igual que estar en una escena de película, salvo por el restaurante de mucho menos prestigio y nuestras ropas que no eran precisamente de Armani.

— Gracias —le dediqué una sonrisa.

— ¿Qué quieres tomar? —preguntó fingiendo ser el camarero algo que me causó algo de gracia.

— Creo que me tomaré uno de esos helados y una botella de agua. El helado con chocolate siempre me da sed —informé aunque no había necesidad.

— Un helado enorme con chocolate para la señorita y una botella de agua para la sed. ¡Marchando! —comentó con diversión antes de irse hacia las cajas para hacer el pedido.

Me descubrí a mí misma riéndome por aquella gracieta, quizá algo boba. Apoyé mi codo en la mesa y observé a Gustav desde donde estaba como si no hubiese nada más en aquel lugar. Él desprendía luz, la irradiaba como si fuese él mismo un cuerpo celeste creado para iluminar el planeta o quizá, mi propio mundo. Puede que necesitase eso, luz propia para alejar mis sombras, mis fantasmas, mis miedos, mis problemas. ¿Era lo que necesitaba no sentirme indefensa? ¿Realmente estaba indefensa o era tan solo mi necesidad por tener a alguien que me valorase al lado? Sabía que no lo pasaría bien cuando me fuese a Evesham y quizá no volviese a verle hasta mucho tiempo después.

Él regresó con esa sonrisa que solamente parecía mostrar en determinadas situaciones. Me percaté, gracias a tener la mano colocada contra una de mis mejillas, que me había sonrojado porque él me había pillado mirándole. Bajé mi mirada sintiéndome igual que en aquellos años en los que no me permitía mirar a los chicos a los ojos viviendo en mi mundo de ensoñación, para finalmente coger el vasito del helado entre mis dedos y llevar una cucharada a mi boca.

— ¿Pasa algo? ¿Me he manchado o algo así? —pregunté una vez que mi mirada volvió a cruzarse con la suya. Me miraba de una forma que no comprendía. Era como si admirase algo en secreto. Seguramente estaba confundida al leer su manera de mirarme.

— No, no te has manchado —respondió con esa sonrisa impecable suya.

Tras volver a comer otra cucharada de helado, suspiré profundamente. Me sentía de una forma extraña. Sabía que si William no hubiese aparecido en mi vida hubiese visto a aquel chico como el hombre más maravilloso del mundo. Sin embargo, ahora le miraba como aquel chico, mi primer amigo fuera de las pantallas. Era algo difícil de definir.

— ¿Vivirás siempre en Evesham? —preguntó de repente.

Asentí mirándole y luego me quedé algo pensativa. No sabía si sería así, pero por el momento no tenía ningún otro plan. No tenía pensado cambiar aún de vivienda, así que se lo aclararía.

— En realidad, bueno… creo que no tengo motivo alguno para cambiarme de casa. No tengo trabajo en ninguna otra parte, ni tampoco a nadie le interesa demasiado dónde estoy. Además, no puedo dejar solos a mis pacientes.

— Entiendo —su respuesta fue escueta por lo que intenté buscar otro tema de conversación.

— ¿Y tú dónde vas a estar? ¿Permanecerás mucho aquí y luego regresarás a tu hogar o tienes más viajes que hacer?

— Sí, estaré un tiempo aquí y luego me iré a mi casa en Belfast para seguir con mi trabajo y mi estudio teórico, al menos, por el momento.

— Belfast… no te lo he preguntado nunca, pero… ¿es bonito? Nunca he estado allí.

Me contó cómo había llegado hasta aquella ciudad. Me explicó lo diferente que era y el misterio extraño que parecía albergar en su interior. En algunas zonas la historia te envolvía. En otras, en cambio la modernidad y la vida se deslizaba por sus calles como si jamás hubiese pertenecido a otra época. Era igual que sumirse en un caos ordenado que te hacía anhelar aquellos momentos en los que los edificios más antiguos eran nuevos, acababan de construirse.

Pude ver rápidamente su amor por la historia y reí ligeramente por mi propios pensamientos.

— ¿Qué he dicho tan gracioso? —preguntó con una sonrisa, pero visiblemente confundido.

— No, no es nada que hayas dicho. Es que veo en ti ese espíritu de alguien que ama con todas sus fuerzas su profesión. En tu caso la historia es lo que te mueve, te motiva y te hechiza. Si hubiese tenido algún profesor de historia como tú, seguramente me hubiese parecido la historia mucho más interesante hace mucho más tiempo —me encogí de hombros antes de sonrojarme por confesar que no era perfecta en todo, siempre me pasaba aunque sabía que no lo era ni podría serlo nunca.

Su mirada, por alguna razón, era dulce, como si le encantase verme de aquella forma, nerviosa y sonrojada aunque no pudiese decírmelo realmente. Sabía, de sobra, que iba a echar de menos a Gustav si no volvía a verle.

2018 / Jun / 29

24 de enero de 2004.

La escritura siempre había sido mi método de desahogo desde que la había descubierto. Tenía tantísimas cosas en la cabeza que necesitaba sacarlas de alguna forma. Pensé en mí. Pensé en todo lo que estaba en mi cabeza. Pensé en la forma en que lloraba incluso sin motivo aparente. Pensé en que era culpable de mil cosas. Pensé, pensé, pensé… y pensé. Si algo saqué en conclusión de todo eso es que pensar no era nada bueno si se hacía demasiado y durante mucho tiempo.

Comencé a escribir. Puede que por necesidad más que por otra cosa. Porque no podía poner en voz alta todo lo que sentía y porque quería que alguien en alguna parte del mundo sintiese compasión por mí. Quería importar a alguien, eso era todo.

Capítulo 1. Sin sentido

¿Cómo llegué a odiarme? Esa pregunta se la hacen tantísimas personas que me han conocido a lo largo de mi inútil vida… 

¿Tiene sentido preguntarse algo semejante si en tan solo segundos puedo desaparecer del planeta? Yo creo que no pero es la pregunta que sé que cada día, cada minuto, cada maldito segundo pasa por la mente de todos los que se creen conocerme. 

¿Alguien salvo yo tiene derecho a decirme que hago las cosas mal? Ahora ya no, quizá haya normas, tal vez haya moral, no lo niego pero me volví agnóstica de todos y cada uno de los sentidos posibles. Temo decir que ni creo ni dejo de creer, para mí todo comenzó a carecer de sentido hace demasiado tiempo cuando aún creía en papá noel y me maravillaba que un diente se transformase en dinero por obra y gracia de un pequeño ratoncito que siempre intentaba atrapar con queso. Ahí, ahí quedó mi inocencia en cuatro malditos recuerdos que echando la vista atrás solo están borrosos y no soy capaz de desbloquear mi mente para que me muestre ni un solo momento feliz. 

¿Crueldad del destino? Lo dudo, tan solo yo sé que es lo que ocurrió para que dejase de comportarme como debía una niña de mi edad… pero eso quedó tan atrás… 

Ahora con veinte años mi mundo es simple y llanamente lo peor que jamás haya nadie podido imaginar. ¿Me pongo de víctima? ¿Para qué? Importaría poco si mis problemas seguirán ahí aferrándome a un destino que yo misma, por estúpida decidí sin saberlo. 

Dejé el bolígrafo a un lado, estaba exhausta de escribir nada más que puras incoherencias que conseguían taladrar mi pecho una y otra vez como si nada más tuviese sentido que el maldito dolor que no tuvo derecho de ser creado. 

Las páginas del diario aquel que ahora había comenzado debían estar llenas en poco tiempo o al menos eso esperaba aquel que me había mandado escribirlo pero no sentía ánimos de redactar nada más. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas indicándome que estaba llorando pero como tantísimas otras veces no me lo permití. Las sequé rápido antes de que comenzasen su recorrido de descenso hasta llegar a mi barbilla donde si llegaban ellas habrían triunfado sobre mi voluntad. 

Levanté la mirada y vi como el cielo compasivo de mí también lloraba. Daba pena hasta los ángeles y eso me molestaba, me irritaba considerablemente pero no podía hacer nada más que aguantar todo aquello que sentía porque nadie iba a poder escucharlo o a mi entender comprenderlo. 

Las gotas de lluvia resbalaban por el doble cristal que tenía la habitación para aislarla del frío. Las observé atentamente como si fuese cierto que todas fuesen iguales y hermosas pero cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo me levanté de un salto después de hacer una mueca de asco y me senté en la cama. 

En aquella habitación la temperatura era idónea para estar toda la vida lo deseases o no. En mi caso, no tenía mucho caso discutir por una posible alternativa así que permanecía allí las horas que debía que solo salía para las comidas ya que hasta ellos sabían que debía comer; pero hacía bastante que la comida no podía entrar por mi garganta. En su lugar la servilleta servía de mucho. No tenía anorexia en absoluto pero una vez que la comida llegaba a mi estómago por alguna razón que yo ahora mismo desconocía volvía con mayor intensidad provocándome un odioso malestar e incluso el vomito que tantísimo detestaba. 

Subí las piernas a la cama y me senté como una india ya que era lo que mi ropa podía permitirme. 

¿Había algún posible pasatiempo que me ayudase a dejar de pensar en aquel dichoso diario que tenía que escribir? No, la habitación estaba completamente vacía de cosas divertidas, solo un sillón, una cama y una televisión que no funcionaba. Bueno, además de mi amiga “Vica” con la que compartía los días y las noches, las fantasías y las realidades, el dolor, la tristeza…. ella siempre estaba allí. Estaba hasta cuando no deseabas verla pero estar siempre, ocurriese lo que ocurriese. 

Me quedé sentada mirando el frente con el ceño fruncido como si la pared cobrase vida, como si alguien me hablase o como si algo interesante estuviese ocurriendo pero en su lugar mi mirada estaba fija en un punto blanco de la habitación intentando viajar para dejar de sentir aquel dolor que gobernaba mi pecho.

Releí lo que acababa de escribir. Era una afirmación de todo aquello que en realidad dudaba. Había escrito algo que me ponía a mí de mártir, de víctima, de sufridora de todo el sistema. No era más que alguien en un mundo entre millones de sociedades diferente, pero que no encajaba y sí, la autocompasión estaba empezando a gobernar mi raciocinio. Quizá era una fase más. Necesitaba ser víctima, decir cosas que no había dicho nunca antes de estar dispuesta a aceptar, vergonzosamente, la verdad ante todos.

2018 / Jun / 29

2003

El dolor era comprensible para cualquiera que hubiese vivido mi situación si se paraba a intentar comprenderla. El rechazo había sido parte de mi vida y ahora había terminado cediendo a un amor diferente. Alguien había aparecido en mi vida. Tenía la suerte de que no tenía nada más que permanecer conectada varias horas. Él no me veía, yo no le veía y puede que por eso hubiese tenido verdadero éxito aquella extraña relación. No estaba acostumbrada a ser mínimamente atrayente para nadie. De hecho, aún me sorprendía demasiado que él terminase accediendo a mis estúpidas peticiones de formas desconocidas.

Si echaba la vista atrás él había tenido que renunciar a muchas cosas básicamente por mis celos enfermizos. Sí, lo tenía que reconocer, tenía celos enfermizos, verdaderos celos enfermizos. Era horroroso. No podía pensar con claridad. Competía con todo el mundo, absolutamente con todo el mundo y cualquier chica era una amenaza. A mis ojos, él no tenía ningún fallo salvo que sentía que yo no era lo suficientemente importante para él.

¿Cómo podía ser tan egoísta? Ahora ni tan siquiera podía pensar claramente. No veía mi propio egoísmo, mi propia obsesión con ser la única, completa y absolutamente la única persona de su vida.

¿Su nombre? Miesha. Era un ruso que se había mudado hacía varios años al sudamérica. Sabía hablar perfectamente ruso y también español, sin embargo, los kilómetros de distancia afianzaban la extraña relación en la que había tenido que ser yo quien le confesase mis sentimientos, de una forma que era muy rara. Nunca lo había hecho a través de un personaje inventado. Jamás había sabido lo que se sentía bien fuera de estos amores irreales y lo que tenía más claro de todo era muy simple: si me había sentido atraída en su momento era porque el rostro de su personaje era el de aquel famoso que tanto me gustaba y al que él le ponía personalidad. ¿Era todo un engaño? ¿No estaba realmente enamorada de él? ¿Le estaba sometiendo a una tortura para nada?

La relación era tóxica. Los celos de uno se habían convertido en los celos del otro también. Todo era demasiado intenso. La forma en la que terminaban nuestros personajes a menudo consistía en la muerte o intento de suicidio del otro personaje. Y, que Dios se apiadase de mi mentiroso ser, pero… yo misma había jugado con los sentimientos de quien estaba al otro lado buscando su amor mientras ponía en peligro mi propia vida. En ocasiones, tan solo era de palabra, esperaba sus agonizantes respuestas manteniéndome en desconectado.

He llegado a odiarme muchísimo, pero el comportamiento era similar siempre. ¿Por qué necesitaba tales pruebas de amor? ¿Por qué no podía acercarse a una chica sin que yo me pusiese de uñas? ¿Por qué debía ser la única en todo su planeta?

Dolía reconocerlo y aún así, no podía evitar hacerlo. No obstante, cada vez que se lo iba a contar a mi psicóloga me parecía tan vergonzoso que ninguna palabra salía de mi boca. ¿Era tan manipuladora para jugar con él siempre así? Lo era. Claro que lo era y no parecía haber forma de que pudiese cambiar eso.

Sin embargo, aquel día fue aún más doloroso que cualquier otro. Suponía que me lo merecía. Todo había terminado entre nosotros hacía una semana, más o menos. En realidad, para mí no se había terminado porque pensaba que le tenía sobre la palma de mi mano, que sus sentimientos eran sinceros y que el amor era único entre nosotros a pesar de ser tóxico, dañino y prácticamente mortal.

Todo había comenzado de forma muy extraña. Habíamos hablado y teóricamente era otra persona quien estaba al otro lado de la pantalla. Le pregunté por él. No me engañaba. ¿Quién iba a saber ruso de sus amistades de allí? Sin embargo, decidí caer en la trampa. Mientras conversábamos comenzó a contarme una historia que prácticamente me hizo vomitar. Su ex había regresado.

Su ex nunca se había ido en realidad. Varias veces había tenido que leer la frase en la que él me dejaba hablando sola con la pantalla mientras ella llegaba y finalmente había un beso entre ambos. Un beso teóricamente robado y hasta ese día, creí que todos eran robados y que él la mandaba a paseo.

Descubrí gracias a ese “amigo” que Miesha y Roberta se habían ido no mucho tiempo antes de esa conversación a la casa de ella. Ambos se habían besado después de las clases, y en la casa de ella se habían terminado desnudado hasta que finalmente se habían acostado o casi porque los padres de ella habían llegado en ese momento para “evitar lo inevitable”.

Finalmente, descubrí los porqués cuando volvió a ser Miesha quien me hablaba. Aunque yo sospechaba que no había dejado de hablarme en ningún momento. Había respirado profundamente y me había desconectado cuando se suponía que era mi hora de dormir.

¿Me había engañado? ¿Era eso un engaño? Teóricamente lo habíamos dejado, sí, era cierto, era libre, pero ¿tan fácilmente soy de olvidar? ¿No sabía que era como las otras muchas veces en que lo habíamos dejado? Una inmensa grieta se abrió poco a poco en mi pecho recordándome que no había nada en este mundo que pudiese doler tanto como el amor. Ahora entendía a todos aquellos que sufrían desesperadamente en las novelas cuando su pareja no les valoraba lo suficiente o había otra persona más. Escocía, ardía, quemaba y arrancaba la piel a tiras ese tipo de dolor y yo era alguien muy curtida en dolores.

Esa noche dejé que todas las lágrimas saliesen. Eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de impotencia. Eran lágrimas que soltaba una parte de mi mente mientras la otra le decía: “te lo dije”. Eran lágrimas de un corazón roto que nuevamente se sentía insuficiente para cualquiera.

2018 / Jun / 29

2002

Dejé que la música gobernase mi mente. No quería pensar en nada. Necesitaba desviar mi atención de ello, quería no sentirme ridícula y completamente insegura. A veces, me preguntaba si era tan fácil confundir los sentimientos. Si cuando uno en está en plena adolescencia tiene sensación de tener un gusto extraño hacia alguna persona del mismo sexo. Había escuchado una canción hacía poco que hablaba sobre el amor entre dos mujeres. Nunca había visto eso posible. ¿Se podía tener esos tabúes? ¿Estaban inculcados de alguna manera en mi cabeza? ¿Sería yo lesbiana?

Todo aquello no podía evitar preguntármelo puesto que había mantenido una relación extraña con el sexo contrario. Los chicos siempre habían estado a más de veinte metros. No había tenido amigos, aunque tampoco amigas realmente, por lo que eso no significaba nada. No obstante, para mí, el sexo contrario era como una raza tan diferente que me resultaba incomprensible. En realidad, ¿mi propio sexo me resultaba comprensible?

Si recordaba mis propias experiencias en todo ese tema de la sexualidad, jamás había sentido nada por una mujer. Siempre recordaba haber estado enganchada a un chico. El primero que me gustó fue casi instantáneo. Con tan solo cuatro años me pareció el niño más guapo del mundo. Recordaba que mis sentimientos habían estado intactos durante todo el colegio y parte del instituto. De hecho, tenía una anécdota horrible. Una de las que por aquel entonces creía mis amigas, que no lo eran, con seis años decidió confesarle a ese chico que me gustaba mis sentimientos estando yo delante. ¿Qué se me ocurrió? Pagarla con la misma moneda. Fui corriendo hasta el chico que le gustaba a ella y le dije lo mismo. Sin embargo, mi venganza no fue placentera. Nunca lo era.

Rememoraba sin problema las veces en que soñaba que él también sentía algo por mí, pero… ¿quién iba a estar enamorado o sentir algo por la “gorda” de la clase? Quizá me había acomodado demasiado en esa etiqueta con el paso del tiempo. No obstante, la crueldad de las otras niñas y niños había sido bastante mortal.

Me estiré en la cama y suspiré pensando en un momento clave en mi vida que no supe comprender hasta mucho tiempo después. Ese mismo chico. Dmitri formaba parte de mi grupo en el taller de tecnología. Mientras intentaba en lo posible organizar el grupo y ver cómo podíamos hacer el trabajo, él se pasaba el tiempo contándome sus hazañas de caballero andante. Había comenzado a salir con una chica mayor, una de la clase de mi hermano y mientras le regalaba sonrisas falsas hacía lo posible por no quemarme los dedos con la silicona que salía de la pistola para poder juntar una pieza con otra.

Durante esos momentos siempre me preguntaba si me contaban todas esas cosas por el placer morboso de verme sufrir. Después pensé que lo único que quería hacer era…¿encontrar una amiga en mí? Suponía, pero no era lo mío. La amistad, las relaciones sociales, todo aquello era por completo mi asignatura pendiente. Yo podía ser el oído que escuchaba, pero ese oído sufría indescifrablemente con cada palabra porque yo no vivía lo mismo, sabía que no podría vivirlo jamás y la envidia me recorría como si se tratase de lava ardiendo.

Cuando llegaba de clase siempre hacía lo mismo. Me negaba a pensar, me negaba a soñar, me negaba a sentir y comenzaba a realizar las tareas hasta terminarlas. Poco a poco, comenzaron a dejar de ser el lugar donde podía ir a refugiarme. La ansiedad me embriagaba si no hacía todas las tareas perfectas y los libros fueron la fuente de alimento de mi fantasía. Adoraba las novelas románticas. Vivían todo aquello que yo quería vivir. Orgullo y prejuicio se hizo mi favorita y soñé tantas veces que yo tendría un Darcy…

Sin embargo, no fue ese el único chico que me gustó, ni mucho menos. Quizá inducida por supuesta amiga o puede que por el hecho de tener algo en común con todo el mundo, o quizá, esa tontería de espiarle para ver si la miraba a ella, comprobé que me engañaba a mí misma asumiendo que era más que imposible que se fijase en ella y no en mí. Yo era mil veces superior… en mi mundo imaginario, claro. ¿Que si era egocéntrica? No, no creía eso, pero era un mecanismo de defensa que no sabría hasta mucho tiempo después que no era algo tan exagerado, tan anormal, sino una forma de evitarme más dolor de alguna forma.

Recordaba las veces en las que había estado cerca de aquel chico, Grigorii, en cómo había deseado con todas sus fuerzas que sus miradas significase que sentía algo por mí, pero seguramente aquellas miradas no eran para mí, o eran para mí porque no dejaba de observarle como si desease matarle.

Mis intentos de seducción habían sido tan patéticos que me había puesto en ridículo. Había negado por completo cualquier posibilidad existente para lograr algún tipo de acercamiento y quizá como método de defensa porque estaba realmente aterrada ante la idea de gustarle a alguien, de tener más. Nunca había pensado en la posibilidad de que nadie se fijase en mí y por eso soñaba con que sí fuese. Un universo donde yo era la mujer que todos querían alcanzar y jamás podrían tener. Ensoñaciones de una mente que se sabía inferior a todo el mundo.

2018 / Jun / 28

— Kyra…

Escuché la voz grave de alguien intentando despertarme. En mi mente semi inconsciente no era capaz de poner rostro ni nombre a esa voz.

— Kyra… despierta, vamos a llegar —continuó aquella voz acariciando mi mejilla derecha suavemente.

Abrí los ojos poco a poco encontrándome con los enormes contrarios. Una sonrisa se deslizó por mis labios porque supe que no podía ser otro que no fuese Gustav. Me había quedado dormida en su hombro y a diferencia de intentar apartarme, había terminado rodeando mi cuerpo con un brazo para mantenerme junto a él. Era agradable sentirse refugiada en el cuerpo de alguien.

Gustav era un hombre fuerte, de eso no había duda alguna y ahora que me sentía al borde de la extenuación, en un instante en que el dolor sentimental era demasiado grande, saber que no se estaba sola fuera del ambiente familiar era algo a tener en cuenta. Hablando además de la familia, tenía que telefonear a mi madre que seguro estaba completamente taquicárdica por no haber recibido noticias mías.

— Perdón por haberme dormido —musité restregándome los ojos antes de acordarme que estaba maquillada. Miré mi mano y comprobé que tenía todo el dedo lleno de color negro. El eyeliner no había aguantado aquella prueba de fuego. Me preguntaba cuándo harían uno contra los restriegues, aunque ¿cómo nos lo quitaríamos entonces?

Reí ligeramente antes de buscar algo con lo que limpiarme el dedo. No había tiempo para retocarse dado que estábamos aterrizando ya. Miré a Gustav esperando que se riese por mi ojo sin maquillar, y terminé pensando que lo mejor era quitarme también el eyeliner del otro.

— Vaya… tus ojos son más bonitos aún sin maquillaje —musitó a mi lado.

Me sonrojé completamente por su comentario. ¿Qué acababa de decir? Le miré sorprendida y luego bajé la mirada negándome a crear algo así. Mis ojos no eran bonitos, con o sin maquillaje. Jamás se había fijado nadie en ellos. Mis ojos eran algo así como la entrada a un alma solitaria, triste y sin vida. No creía que yo pudiese tener algo bonito en todo mi ser. Siempre había repudiado todo y lo único que me había gustado, más o menos, que era mi pelo, lo había cambiado tantas veces que ya ni tan siquiera recordaba mi color original.

— Gracias —dije con un hilo de voz.

No estaba acostumbrada, para nada, a los halagos. Cada vez que me enfrentaba a algo así, a recibir un piropo de alguien mi mente trabajaba a toda velocidad. Durante medio segundo podía creerme que era cierto, pero justo después la arpía sin corazón que residía en mi cabeza me hacía rebuscar miles de posibilidades diferentes hasta que encontraba algo que le indicase que se estaba riendo de mí, que ese cumplido no era sincero, que había una segunda intención oculta que me dejaba en ridículo.

Después de años de reflexionar me había dado cuenta que era tan grande mi propia inseguridad que era ella misma quien salía a ponerse pico a pico con ese cumplido como si le hubiesen dado una bofetada en lugar de una caricia o ese abrazo que llevaba esperando toda mi vida sentir.

Procuré mandar ese hilo de pensamientos hasta mi inconsciente. Allí sabía que seguiría rumiando, tergiversando y provocando que finalmente ese cumplido se convirtiese en un insulto. Sin embargo, prefería pasar ese tiempo lo mejor posible hasta que una parte de mí pudiese enfrentarse a aquella arpía poderosa. Mi ser racional aún estaba despertándose del sueño.

Miré por la ventanilla del avión y sentí esa sensación rara en mi estómago cuando termina de aterrizar el avión. Me ocurría también en el coche. Había tenido que enfrentarme a aquello que muchas personas disfrutaban en las montañas rusas y reconocía que lo soportaba porque era una vez cada mucho, si tuviese que pasar un cuarto de hora en una de esas atracciones del infierno lo más fácil es que me tirase en mitad de una subida.

Si echaba la vista lo suficientemente atrás podía recordar mi primera experiencia en una atracción. Recordaba que mi hermano y yo íbamos a subirnos a un coche dentro de uno de esos tiovivos modernos que hay para los niños. Tendría como mucho unos cuatro o cinco años. Mi hermano, finalmente, decidió bajarse antes de que la atracción comenzase y me quedé sola, completamente sola. Para mí el resto del mundo y de los niños no importaba.

Podía aún cerrar los ojos y sentir esa angustia sorprendente porque cada vez que mis padres desaparecían de mi campo de visión pensaba que se irían con mi hermano, que me dejarían allí, que no volverían a recogerme. Lloré tanto… Mi padre se tuvo que subir y pedirle al hombre que parase la atracción para que yo pudiese bajarme. Ni sabía cómo lo logró, tampoco sabía cómo me sentí después entre sus brazos, solamente recordaba la angustia, una gran angustia en mi pecho temiéndome lo peor.

— … ¿quieres? —escuché la voz de Gustav terminar una frase que no había sido capaz de procesar mi cerebro por estar perdido en su propio ensimismamiento.

— ¿Qué? —pregunté mirándole.

A diferencia de lo que pasaba en mi hogar que nos solíamos enfadar cuando no éramos oídos a la primera, Gustav me regaló una sonrisa y volvió a repetirme lo que me había dicho.

— Decía que si quieres venirte a tomar algo cuando estemos fuera del aeropuerto y hayamos dejado las maletas.

Le devolví la sonrisa porque era inevitable.

— No puedo. Aún tengo un trayecto hasta Evesham. ¿Recuerdas que te comenté que mi destino final no era Londres?

Su expresión pareció perder por un momento toda la alegría. Aquello hizo que mi corazón se encogiese y finalmente mi cabeza me dio la solución, pues podía estar ocupada en varias cosas a la vez.

— Pero si quieres antes de que coja el tren podemos tomarnos algo. Eso sí, si no te importa ir cargado con las maletas —propuse apoyando mi mentón en su hombro mientras esperaba su respuesta.

— ¡Suena genial!

Su entusiasmo en algunas cosas lograba hacerme reír. Normalmente había estado rodeada de personas muy serias que me impedían ser como yo realmente deseaba: afectiva y cálida. Imaginaba que debía compensarlo de alguna forma, pero… ¿cómo?

El avión finalmente paró y solté un suspiro. Debía cerrar el capítulo de mi vida en Nueva York, para siempre.

2018 / Jun / 27

2002

Todo resultaba algo caótico. No saber mi posición, no poder decidir dónde ir y donde no. Había tomado una nueva determinación, quizá obligada por mis padres más que por gusto propio. Había tenido que matricularme a un curso de dos años pensado para terminar en un trabajo. Siendo realista, creía que no tenía sentido, porque ni tan siquiera me apetecía entrar en el curso. No obstante, y quizá porque era lo que se esperaba de mí, había tenido una subida del ánimo. Enmascaraba mis temores y mis pocos deseos con una sonrisa. Incluso, me negaba a mí misma a aceptar que no quería volver a clase, así que de cara a la galería y a mí misma estaba clarísimo que un curso nuevo era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

Tenía muchas cosas que hacer. Había descubierto que había un examen para poder entrar. ¡Un examen! La sola idea me revolvía las tripas, pero una parte de mí, esa Kyra competitiva quería hacer hasta lo imposible por lograr entrar al curso. Lo llamaban examen específico, puesto que yo cumplía con las necesidades mínimas de estudios secundarios.

Delante de mí pude ver un ejemplo de uno de aquellos exámenes, al menos, de una de las partes. ¡Había que comentar un cuadro! A la mierda… no tenía ni idea de eso. Había dado arte, sí, pero no nos habían enseñado las técnicas adecuadas para poder comentar un cuadro. No conocía los estilos, no sabía cómo definir los colores…. ¡no sabía los significados ni las distintas etapas! Conocía el renacimiento, el barroco… pero, ¿qué cuadros iban en donde? Si me ponían la Gioconda pues sí sabía que era de Leonardo y del renacimiento, sin embargo, ¿de qué siglo? ¿qué sabía yo de la vida de Da Vinci?

Mi corazón me dio un vuelco doloroso. Iba a suspender ese examen, lo sabía. ¿Cómo podía aprenderme todos los cuadros o diferenciar de quien es quien si, aunque me gustase muchísimo, no sabía gran cosa de arte? Estaba completamente sorprendida de que nos obligasen a hacer algo así. ¿Eso era legal? Que yo supiese la mayoría de esos estudios debían darse en la carrera, o en la segunda parte de los estudios secundarios de una rama específica, pero yo que me había ido por ciencias… ¿cómo iba a saber comentar un cuadro?

Tenía, exactamente un mes para prepararme toda la historia del arte. Cerré los ojos esperando no tener un colapso nervioso y pensar en posibles soluciones. Justo entonces recordé a mi tía, la tía que vivía en Italia. Ella había estudiado historia del arte como carrera. Ella podría ayudarme, al menos, a que no fuese un completo desastre mi comentario sobre la obra que me pusiesen delante en caso de que fuese de autores conocidos. Si me ponían algún autor flamenco o algo parecido, estaba más que perdida.

Comencé a mirar pintores y decidí en lo posible desechar aquellos que no eran demasiado conocidos para mí y centrarme también en aquellos maestros de la pintura nacional porque era más probable que nos pusiesen algo semejante. Sin embargo, los máximos exponentes de algunos estilos me resultaban casi difíciles de comprender por la forma en la que pintaban. Esa manera de deformar la pintura, seguramente era producto de mi incultura en aquel arte, pero el surrealismo, el cubismo… y todos sus derivados me dejaban exactamente igual que observando un dibujo mal hecho, y que me perdonasen Pablo Picasso y sus contemporáneos, pero a simplemente no veía el arte, no sabía entenderlo.

Me quedé mirando el cuadro del Guernica el suficiente tiempo como para saber que escondía algo, algo que se tenía que entender a simple vista, pero que yo parecía tener los ojos ciegos ante esa forma de expresión tan complicada y difusa.

En cualquier otro momento se hubiese despertado mi curiosidad, pero llevaba demasiados años dormida. Ya no me preguntaba los porqués de las cosas ni tan siquiera disfrutaba realizando algo que tuviese que ver con las matemáticas. Mi mente no parecía querer trabajar, estaba metida en un pozo, mirando a su alrededor y descubriendo simplemente oscuridad, sombras, fantasmas y monstruos escondidos a cada paso que daba. Sin embargo, siempre me había tomado el estudio como obligación y ¿por qué no podría hacerlo ahora también?

Recogí toda la información posible de los autores más importantes que me había comentado mi tía una vez me hubo respondido el correo y de ahí tenía que resumir, sintetizar, leer… ¿quién pensaría que sería tarea más difícil de lo pensado cuando la mente no acompaña? Nunca me habían enseñado a entender. Había tenido que aprender de memoria y ahí siempre había tenido el hándicap cuando me había olvidado de una palabra para poder continuar la frase. También había tenido la dificultad de aquellos profesores que se habían negado a aceptar un sinónimo de una palabra en una definición o concepto. Momentos en los que había tenido que controlar a esa Kyra que se pasaba el día llorando patéticamente.

Tantas hojas impresas, tantas terminologías que aprenderse y la única posibilidad de ser yo misma quien me concediese los métodos de estudio no me hacían fácil esa labor. Mi válvula de escape era el ordenador y mientras le veía a lo lejos, mientras sabía que estaba en la misma habitación ejercía una fuerza superior que me impulsaba a usarlo. La rebeldía adolescente estaba aún en mí o quizá el autodescubrimiento de mi propia esencia. Pero de poco servía si trescientas hojas me gritaban que tenía que estudiarlas o fracasaría en ese examen.

Finalmente, no sé ni cómo, intenté meterme en la mente de esos eruditos en su materia.

2018 / Jun / 26

Había hecho una idiotez. Lo sabía. Había dejado que mi mente ganase la batalla, pero era lo suficientemente orgullosa para no aceptar que me había confundido. Quería ponerle culpa a él. Ese último mensaje en el que me había comunicado que él no iba con la polla en la mano había logrado que me sintiese profundamente herida. ¿Por qué? ¿Porque no me comprendía o porque el golpe con la realidad había sido demasiado duro como para que lo soportase mi sistema nervioso?

El dolor es parte de la vida, es cierto, pero hay gran parte de este mismo que nos provocamos nosotros solos cuando le damos a alguien intenciones que no son suyas. Que seamos conscientes de ello no significa que podamos verlo.

La ira me cegaba. Odiaba ser la culpable. Estaba harta de ser la responsable de todos los males de la humanidad que ya no aguantaba ni una gota más en ese vaso que se había desbordado hacía años. Que viese el mundo diferente no significaba que siempre fuese todo mi culpa. ¡No lo aceptaba más!

Aún así, una parte de mí había tomado la iniciativa, le había mandado un pequeño recado, una forma de solucionar las cosas. Era como si yo tuviese la potestad de decidir lo que había que hacer, pero él fuese el único que tuviese en su mano si lo hacía o si no. Le ponía una pistola en la sien. Si lo hacía, me recuperaba, sino… debía olvidarse de mí para siempre como yo lo haría de él.

Había dejado la habitación del hotel hacía una hora. Había dejado una nota y aquel hermoso vestido rosa que había usado la noche anterior. Había escrito en la nota lo que tenía que hacer, ir al aeropuerto como en las películas. Mi cabeza estaba segura que daría tiempo de sobra siempre que lo quisiese, que él estuviese seguro de lo ocurrido, que él quisiese que me quedase, que él sintiese algo por mí.

Aún permanecía sentada en uno de los bares que había antes de la puerta de embarque. Tenía aún tiempo para llegar, ¿verdad? Miré mi móvil comprobando que no me quedaban casi minutos para poder recorrer toda la terminal después de pasar el control aduanero. En tan solo cinco minutos tenía que cruzar aquella medida de seguridad o perdería el avión para… nada.

Hacía rato que había pagado la consumición. Un refresco de naranja sin una sola burbuja. Para mí estaba realmente delicioso, pero sabía que el resto de la sociedad, aquellos pro-efervescencia, disfrutaban más de lo que yo más odiaba, la manera en la que se explotaban en la lengua y terminaban subiendo hasta la nariz. Ni tan siquiera iba a esperar hasta el último segundo. Aún tenía una cola que hacer. Recogí mis cosas y fui hasta la cola que, al igual que yo, tenía que pasar por el control.

Mi cabeza en ese momento podía evitar imaginarse la escena de película. Esa en la que él llegaba, me agarraba de la cintura, me besaba como solamente se besa en esas escenas y finalmente me decía que viviese con él, que no podía existir sin mí. Pero todo aquello no dejaba de ser nada más que mi imaginación, esas ensoñaciones que uno se crea con la estupidez del verdadero amor. Hollywood tenía mucho poder y había logrado corromper las mentes románticas como la mía.

Finalmente, no llegó. Y aunque lo hubiese hecho no me hubiese dado cuenta porque cuando tenía que dejar mis objetos de valor, me percaté de quién era la persona que estaba delante de mí. ¡Gustav!

Como si me leyese la mente, igual que si hubiese gritado su nombre en voz alta y no mentalmente, se giró. Al percatarse de mi presencia, me sonrió y me abrazó como si me hubiese extrañado durante mucho tiempo.

— ¿También abandonas el país? —preguntó tras soltarme.

— Sí. Se me han acabado las mini-vacaciones —admití antes de comenzar a ponerme las cuatro cosas que había tenido que quitarme para pasar el control de metales.

— ¿Dónde vas? —preguntó antes de fruncir levemente el ceño—. ¿Regresas a Rusia?

Negué casi tan pronto como me hizo la pregunta.

— No, para nada. Me voy a Evesham, a Inglaterra. Allí es donde resido ahora, donde tengo mi trabajo. No es la gran cosa, pero algo es —me encogí de hombros yendo con él hacia las pantallas donde indicaban la puerta a la que tenía que ir cada pasajero para coger su vuelo.

— Así que… ¿a Londres primero?

— Así es —admití buscando el número del vuelo en las pantallas.

— ¡Serás mi compañera de vuelo! —comentó con alegría y me sorprendió comprobar que él también fuese a Inglaterra. ¡Menuda casualidad!

Suponía que aquellos momentos era en los que uno descubría que cuando el destino o tú mismo, cierras una puerta, una ventana se abre por el efecto del golpe o algo parecido. Gustav era mi ventana. No porque tuviese intención alguna de mantener una relación con él, sino porque no estaría sola en aquel horrible viaje y podría intentar despejar mi mente permitiéndome ser un poco más yo sin venderle a mi hermana como si fuese ganado.

Necesitaba cariño, calor, así que me abracé a su brazo y me acurruqué contra su cuerpo esperando no verme tan frágil como me sentía. Decía adiós a demasiadas cosas, pero sobre todo adiós a él, al profesor. Un hombre que no volvería jamás a ver. Me lo había prometido a mí misma.

2018 / Jun / 26

2002

Nuevamente estaba en el Hospital de día. Había tenido que ir allí gracias a mi padre podía llevarme. No sabía realmente qué era lo que le estaba pasando, pero llevaba un tiempo sin ir tan asiduamente al trabajo, no obstante, todo lo que tenía que ver con mi padre casi parecía un secreto de estado, porque mi madre no quería que supiésemos nada de todo aquello, fuese lo que fuese.

Sabía que mis padres habían tenido que hablar sobre lo que le sucedía a mi padre con mis médicos, pero jamás habían pronunciado su diagnóstico. ¿Era algo que se heredaba?

Isobel había tenido que irse a realizar una llamada. La habían llamado en mitad de la terapia, pero las urgencias eran así. Siempre había que intentar aguantar aunque estuvieses a punto de decir lo más importante que hubieses confesado durante tu vida.

Podía escuchar a los compañeros que aún estaban en la terapia comunitaria. Había odiado tanto ese momento durante los dos años que había estado con la terapia más cruda allí que siempre me había puesto nerviosa cuando tenía que bajar a esa gran sala. Aún podía distinguir el sabor de la bilis que se acumulaba cuando querías responder a alguien que te atacaba y no era tu turno. Te dolían los dedos para llamar la atención esperando que no se te olvidase en ningún momento todo lo que querías decir.

Aún podía recordar muchas cosas que habían pasado fuera de las normas allí impuestas. ¿Quién podía pensar que los adolescentes no nos saltásemos las reglas sistemáticamente? Era algo ilógico. Era parte de nuestro ADN. Además, en este mundo parecían indicarnos que las normas estaban para romperlas, que quizá era el único motivo por el que existían. Una lectura demasiado superficial e inexacta, seguramente, pero aquel periodo había sido el único en el que me había permitido saltarme alguna norma y finalmente no había servido para nada, tan solo para ponerme más nerviosa aún, para hacerme sentir que era una criminal. Era una de las sensaciones más horribles del mundo, al menos, a mis ojos y desde mi corta experiencia.

Miré hacia la parte alta de la pared que tenía delante de mí. Una pequeña ventana, estilo como aquellas que se tienen en los sótanos me dejaba ver una parte de los caminos que había alrededor de aquella casa donde tantas mentes torturadas habían pasado intentando buscar una salida a su malestar.

La puerta se abrió e Isobel entró rápidamente dedicándome una pequeña sonrisa.

— Perdona, era una llamada urgente que andaba esperando —comentó mientras volvía a ponerse al otro lado de la mesa, mirándome desde la posición de superioridad que le daba su lugar. Ella era la experta. Yo no era nada más que una sufridora sin saber cómo enfrentarse a las cosas comunes de la vida.

— No te preocupes —negué regalándole una sonrisa que no sentía porque detestaba que cualquier cosa fuese más urgente que yo.

— ¿Qué me estabas diciendo? —preguntó apoyando su espalda en el respaldo del butacón que sin duda sería bastante más cómodo que aquella condenada silla que estaba dura como el metal del que estaba hecho.

— Sobre mi amiga…

— Cierto, Rose, ¿verdad? ¿Qué pasó?

Respiré tan profundamente como pude porque aún no era capaz de creerme todo lo que me había pasado, lo que había leído., lo que había tenido que soportar y asumir.

— Desapareció hace unas semanas y ayer me mandó un correo que me dejó muy sorprendida —expliqué antes de inclinarme hacia delante y deslizar mis dedos por mi frente esperando que ella no se riese de lo que le iba a contar ni pensase que era mentira.

¿Por qué aquello me daba tanta vergüenza? No tenía ni idea, pero igual que desnudar todas mis intimidades delante de alguien y sentirme realmente expuesta.

— ¿Qué te decía en el correo?

— Básicamente que se tenía que separar de mí porque estaba enamorada de mí —resoplé furiosa porque esa justificación me resultaba estúpida y dolorosa. Demasiado dolorosa egoístamente hablando.

— ¿Enamorada de ti? —preguntó Isobel sorprendida.

Asentí esperando que en cualquier momento fuese a echarse a reír y a pedirme que hasta que no fuese seria no volviese a aquella consulta. Una parte de mí rezaba en secreto porque así fuese a pesar de saber que aquello me dolería como un condenado demonio.

— ¿Y qué opinas tú?

Alcé mi mirada para encontrarme con sus ojos. ¿Me estaba pidiendo opinión? ¿Quería que comentase aquello o solamente que le dijese qué me había hecho sentir a mí? Sin embargo, al recordar la pregunta que me había hecho, había sido explícita, pedía mi opinión.

— ¿Sinceramente? Creo que se ha confundido. Hay personas que confunden sus sentimientos de amistad o de gran amistad con los de amor por alguien. Por favor, ¿quién se fijaría en mí? —solté una amarga carcajada cargada de intenso dolor por la forma en que se habían acontecido los hechos.

— ¿No crees que haya podido enamorarse de ti?

— No. Es algo completamente imposible, Isobel. Nadie con un mínimo de gusto podría fijarse en mí.

Permaneció unos segundos mirándome antes de suspirar como si aquello que iba a decir pudiese provocar una mala consecuencia.

— Kyra… en esta vida nadie es menos que nadie para que alguien se enamore de uno. ¿Qué podrías tener tú que te hiciese inválida para que alguien fijase sus ojos en ti? ¿Estás marcada de alguna forma?

Entonces quise decirle que el verdadero problema es que era tóxica, completamente tóxica. Pero no era lo único que veía en mí para señalar y juzgar. Simplemente no valía como ser humano. No obstante, aquellas palabras eran tan duras que no era capaz de pronunciarlas y cayeron como lágrimas esperando que ella pudiese leerlas como si fuese algún tipo de providencia.