2018 / Abr / 03

Con mi mirada puesta en la taza que tenía delante me recordé varias de las lecciones más importantes que había aprendido a base de malas experiencias. El no siempre está ahí, pero si no lo intentas es cuando el sí se vuelve imposible. ¿Cómo negarme el placer a mí misma de descubrir que podía hacerlo una vez más? ¿No había venido hasta Nueva York yo sola por un extraño instinto revolucionario? ¿No había sido yo quien había hablado con azafatas, quien entablaba conversaciones con desconocidos a menudo en mi consulta y quien mostraba una sonrisa a todo aquel que me mirase? ¿No era esa yo?  

La Kyra triste, solitaria y desangelada sin esperanza alguna hacía tiempo que había desaparecido. Bien, es cierto, que mi avance era lento, pero seguía hacia delante. La tortuga siendo constante llegó antes a la meta que la libre rápida y holgazana.  

Dado que sentía aún su mirada en mi cogote, me giré en mi silla y le busqué por el lugar. Mis ojos no tardaron demasiado tiempo en encontrarse con él. Le dediqué una agradable y tranquilizadora sonrisa, pero algo en mí deseaba mostrar ese deje de superioridad, ese instinto de nada de lo que hagas o digas podrá herirme ni lo más mínimo. Por lo que pude distinguir en su semblante había captado sin problema alguno aquel atisbo de arrogancia que había conseguido deslizarse en mi sonrisa. Él conocía mis sonrisas, él sabía cuándo sonreía o me reía porque lo sentía. La forma en que mis ojos brillaban cuando era feliz o se achinaban cuando las mejillas por mi risa obligaban a mis párpados a juntarse. Él me había visto en innumerables ocasiones, aunque sabía que era un número fácilmente contable mientras que yo jamás le había visto en movimiento. Había tenido su foto en mi teléfono móvil, había soñado con su aparición en mi vida acompañada de mentiras incontables. Y, por mucho que lo negase, dolía, aún dolía. No porque siguiese enamorada, si es que me había enamorado; lo que verdaderamente dolía era la desilusión de poder tenerlo todo y quedarme sola, sin nada y abandonada a la semana porque todo había terminado para él.  

Por alguna razón incomprensible él decidió levantarse de su silla pidiéndole a su acompañante que le concediese un minuto. Se deslizó hasta la silla situada justo frente a la mía y pude observar en sus ojos oscuros que aún me tenía en su memoria de una forma mucho más fuerte de la que yo hubiese deseado en algún momento. Yo no quería ser un recuerdo doloroso para nadie, bastante lo era para mí misma.  

— Hola… —dijo tan bajo que me costó escucharle.  

— Hola —respondí y le di la mejor sonrisa que pude darle, como si realmente me alegrarse de verle tras todo lo ocurrido.  

— No pensaba encontrarte aquí —comentó, pero en esta ocasión, para evitar que la chica si nos oía pudiese entenderlos, usó nuestro idioma natal.  

— Supongo que el mundo no es demasiado grande para perderme de vista del todo —me encogí de hombros y miré el contenido de mi taza esperando en ese momento que estuviese llena y humeante para echármela por encima o que el contenido quemase mi garganta en el proceso para permitirme sentir algo de dolor.  

— No es eso. Es tan solo que… se me hace extraño. No pensé volver a verte —explicó antes de pasar una de sus manos por su corto cabello atusándolo hacia atrás o intentándolo por lo menos pues era tan rebelde que sus mechones volvían rápidamente a su lugar—. Pero me gustaría poder hablar contigo en otra ocasión. Ahora no puedo, estoy ocupado —señaló la mesa donde la chica se había percatado que estaba conmigo en la contraria.  

— No pedí que vinieses…  

— Por favor, no estés a la defensiva.  

Entonces suspiró, como si realmente estuviese derrotado, como si tener esta escasa conversación conmigo significase un esfuerzo casi titánico para él. Tuve que bajar mi mirada porque las personas abatidas, las personas que pasaban un mal momento siempre me provocaban un instinto protector que no aceptaba regalarle a él.  

— Vuelve con ella. Quizá el destino nos vuelva a juntar en un mismo café o, si es bueno, quizá nos mantenga alejados para siempre —respondí alzando la mirada, algo que no debí hacer porque su expresión provocó un desasosiego en mi pecho.  

Él se sabía culpable. Yo le sabía culpable por muchos fallos que yo hubiese cometido en mi vida. Me aguantó la mirada unos segundos y finalmente sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón. Movió sus dedos por la pantalla y acto seguido escuché el inequívoco sonido de aquella patata de teléfono móvil que poseía que me indicaba que tenía un nuevo mensaje.  

Sorprendida, sin poder creer otra cosa que no fuese una casualidad, busqué mi móvil y abrí el mensaje que me había llegado. Ahí estaba, con aquella horrible tipografía que suelen usar los teléfonos móviles en los sms:  

“Esta tarde. A las siete. Ven aquí. Necesito hablar contigo.  

Nikolai”.  

El corazón me dio un vuelco al saber que tras todos estos años aún tenía mi número. Pero no por eso se ablandaría, al contrario, se endureció aún más, dolida porque aun teniendo ese número no había vuelto a recibir mensaje suyo hasta ese mismo momento.  

Se levantó sin despedirse, fue a inclinarse a dejar un beso en mi mejilla, pero el rechazo que descubrió con un mínimo acercamiento le hizo negarse esa posibilidad. Finalmente regresó a la mesa donde la chica aún le esperaba. Por suerte, estaba a mi espalda y no podía ver mi expresión en ese instante. Sentí un gran y profundo dolor entre mis costillas mezclado con cientos de emociones y finalmente llegué a la conclusión que mis fantasmas me habían atrapado para golpear con más fuerza que antes. 


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