2018 / Abr / 21

¿Acudiría a esa cita? Quizá por mi estúpida curiosidad sí que lo haría. Me maldije a mí misma. No quería estar allí, no quería verle, no quería hablarle, no quería oír ni que sabía respirar ni que había conseguido mantener una vida tras dejarme a mí en la más absoluta soledad. ¿Por qué iba a merecerse un segundo de mi tiempo cuando tras concederle tantos me había regalado la despedida más fría de la historia? Ya podía buscarme debajo de las piedras que no iba a dar conmigo, no iba a permitir que me fastidiase las vacaciones, aunque prácticamente ya lo había hecho, pero… todo eso tenía solución, ¿no? ¡Sí, claro que sí!

Reconocí ante mí misma, como si estuviese ante un tribunal, que había querido vivir ese momento, sí, pero al menos unos seis atrás, no ahora, no cuando quería seguir hacia delante, cuando había encontrado mi propia fortaleza para volar sola sin necesidad de agarrarme a otro pájaro para que éste volase por mí.

Ni tan siquiera me había dado cuenta que había pagado y había salido de la cafetería como alma que lleva el diablo. Es más, no sabía dónde estaba en ese momento. Sabía que me había subido a un autobús y que ese autobús tenía un destino predeterminado, pero que a mi mente se le escapaba por completo. ¿Por qué me metería en mi mundo sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor? Ese era uno de mis problemas, me perdía la vida, toda la vida, porque vivía prácticamente dentro de mi cabeza.

Respiré profundamente intentando darme instrucciones a mí misma. Tenía una alternativa o… o quizá tenía más de las que era mi mente capaz de dilucidar en ese momento de angustia. ¿Lo más fácil? Quedarse en el autobús y esperar reconocer en algún momento alguna calle cercana a la que había visto tantas veces a través de los cristales de mi habitación de hotel. Por otro lado, la más arriesgada y peligrosa para mí. Sí, peligrosa. Saltar del autobús en la próxima parada y descubrir dónde demonios estaba dado que la patata que tenía de teléfono móvil lo más probable es que jamás me diese las indicaciones por GPS. Seguro que era capaz de decirme que estaba encima de la pirámide de cristal del Louvre y… ¡estaba en Nueva York!

Hice lo único que podía hacer que no le diese la sensación al resto de los viandantes que acababa de escaparme de alguna especie de jaula. Tenía que templar los ánimos, respirar profundamente y caminar hasta que supiese dónde diablos estaba de esa monstruosa ciudad. Había tenido una puntería perfecta. Si aquí me perdía no me encontrarían ni de broma. Pero esos pensamientos negativos tampoco iban a lograr que saliese antes del apuro.

Una vez que hube bajado del autobús, me encontré frente a un lugar impresionante. Ni mucho menos hubiese pensado en la posibilidad de terminar en el campus de la Universidad de Columbia. Sorprendida ante la idea de estar pisando un lugar con figuras y mentes tan ilustres me dejé llevar por mis propios pies. Caminé hasta el primer edificio que encontré. Sabía que no todo el mundo podía pasar, pero aquello no era como el instituto, yo no destacaba entre la mayoría de las personas. Las había de todas las edades aunque principalmente jóvenes.

Fue justo en ese instante que recordé porqué había puesto en mi agenda visitar aquel inmenso lugar. ¡La conferencia! Busqué la hora mirando mi reloj y finalmente me di cuenta que faltaba lo suficiente como para darme una vuelta por el lugar y buscar la facultad de Psicología.

Bien sabía que estabas perdido si no sabías dónde estaba el edificio de tu facultad. Era complicado manejarse en un campus y por suerte debías darles las gracias de que todas las clases fuesen en lugares cercanos, como algunas hubiesen estado a la otra punta, bien sabíamos todos que ni de broma íbamos a acudir a esa clase sin llegar al menos una media hora tarde.

Miré a todos los chicos y chicas que reían y hablaban de sus clases. Unos de ellos comentaban que determinado profesor era un hueso duro de roer y otras, en cambio, decían que no soportaban la forma de hablar de otro de ellos. Tuve que contener una pequeña risa. Era inevitable, de cara a los alumnos, que algún profesor te sacase de las casillas. A fin de cuentas, no dejaba de ser un acto social, una relación en la que el profesor era el ser “superior” y los alumnos quienes debían mantener una serie de comportamientos y normas en las clases. O, al menos, era como se veía. Ni unos eran tan tontos e imposibles de manejar, ni los otros eran tan brillantes, al menos, no siempre. Bien, es cierto, que en la mayoría de universidades parecían rifarse las papeletas a ver quién tenía el doctorado más complicado, pero no dejaban de ser seres humanos que también se equivocaban.

Mis propios años como estudiante hicieron que un estremecimiento me recorriese toda la columna vertebral. Era igual que si algo gélido se estuviese deslizando por mi piel, un hielo que acabasen de sacar del más frío de los congeladores. De esa época no tenía buenos recuerdos. Ni tan siquiera en la infancia más temprana. Aquellos recuerdos y vivencias me habían acompañado durante muchísimos años y hoy en día era igual que seguir echando sal a una herida abierta que sabes que no cicatrizará jamás.

Justo en ese momento sentí que mi vestuario me estaba jugando una mala pasada porque me enganché con algo. Al darme la vuelta me percaté que mi manga estaba ligeramente enredada en la correa del reloj de un hombre y al elevar mi mirada supe que tenía serios problemas.

2018 / Abr / 03

Con mi mirada puesta en la taza que tenía delante me recordé varias de las lecciones más importantes que había aprendido a base de malas experiencias. El no siempre está ahí, pero si no lo intentas es cuando el sí se vuelve imposible. ¿Cómo negarme el placer a mí misma de descubrir que podía hacerlo una vez más? ¿No había venido hasta Nueva York yo sola por un extraño instinto revolucionario? ¿No había sido yo quien había hablado con azafatas, quien entablaba conversaciones con desconocidos a menudo en mi consulta y quien mostraba una sonrisa a todo aquel que me mirase? ¿No era esa yo?  

La Kyra triste, solitaria y desangelada sin esperanza alguna hacía tiempo que había desaparecido. Bien, es cierto, que mi avance era lento, pero seguía hacia delante. La tortuga siendo constante llegó antes a la meta que la libre rápida y holgazana.  

Dado que sentía aún su mirada en mi cogote, me giré en mi silla y le busqué por el lugar. Mis ojos no tardaron demasiado tiempo en encontrarse con él. Le dediqué una agradable y tranquilizadora sonrisa, pero algo en mí deseaba mostrar ese deje de superioridad, ese instinto de nada de lo que hagas o digas podrá herirme ni lo más mínimo. Por lo que pude distinguir en su semblante había captado sin problema alguno aquel atisbo de arrogancia que había conseguido deslizarse en mi sonrisa. Él conocía mis sonrisas, él sabía cuándo sonreía o me reía porque lo sentía. La forma en que mis ojos brillaban cuando era feliz o se achinaban cuando las mejillas por mi risa obligaban a mis párpados a juntarse. Él me había visto en innumerables ocasiones, aunque sabía que era un número fácilmente contable mientras que yo jamás le había visto en movimiento. Había tenido su foto en mi teléfono móvil, había soñado con su aparición en mi vida acompañada de mentiras incontables. Y, por mucho que lo negase, dolía, aún dolía. No porque siguiese enamorada, si es que me había enamorado; lo que verdaderamente dolía era la desilusión de poder tenerlo todo y quedarme sola, sin nada y abandonada a la semana porque todo había terminado para él.  

Por alguna razón incomprensible él decidió levantarse de su silla pidiéndole a su acompañante que le concediese un minuto. Se deslizó hasta la silla situada justo frente a la mía y pude observar en sus ojos oscuros que aún me tenía en su memoria de una forma mucho más fuerte de la que yo hubiese deseado en algún momento. Yo no quería ser un recuerdo doloroso para nadie, bastante lo era para mí misma.  

— Hola… —dijo tan bajo que me costó escucharle.  

— Hola —respondí y le di la mejor sonrisa que pude darle, como si realmente me alegrarse de verle tras todo lo ocurrido.  

— No pensaba encontrarte aquí —comentó, pero en esta ocasión, para evitar que la chica si nos oía pudiese entenderlos, usó nuestro idioma natal.  

— Supongo que el mundo no es demasiado grande para perderme de vista del todo —me encogí de hombros y miré el contenido de mi taza esperando en ese momento que estuviese llena y humeante para echármela por encima o que el contenido quemase mi garganta en el proceso para permitirme sentir algo de dolor.  

— No es eso. Es tan solo que… se me hace extraño. No pensé volver a verte —explicó antes de pasar una de sus manos por su corto cabello atusándolo hacia atrás o intentándolo por lo menos pues era tan rebelde que sus mechones volvían rápidamente a su lugar—. Pero me gustaría poder hablar contigo en otra ocasión. Ahora no puedo, estoy ocupado —señaló la mesa donde la chica se había percatado que estaba conmigo en la contraria.  

— No pedí que vinieses…  

— Por favor, no estés a la defensiva.  

Entonces suspiró, como si realmente estuviese derrotado, como si tener esta escasa conversación conmigo significase un esfuerzo casi titánico para él. Tuve que bajar mi mirada porque las personas abatidas, las personas que pasaban un mal momento siempre me provocaban un instinto protector que no aceptaba regalarle a él.  

— Vuelve con ella. Quizá el destino nos vuelva a juntar en un mismo café o, si es bueno, quizá nos mantenga alejados para siempre —respondí alzando la mirada, algo que no debí hacer porque su expresión provocó un desasosiego en mi pecho.  

Él se sabía culpable. Yo le sabía culpable por muchos fallos que yo hubiese cometido en mi vida. Me aguantó la mirada unos segundos y finalmente sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón. Movió sus dedos por la pantalla y acto seguido escuché el inequívoco sonido de aquella patata de teléfono móvil que poseía que me indicaba que tenía un nuevo mensaje.  

Sorprendida, sin poder creer otra cosa que no fuese una casualidad, busqué mi móvil y abrí el mensaje que me había llegado. Ahí estaba, con aquella horrible tipografía que suelen usar los teléfonos móviles en los sms:  

“Esta tarde. A las siete. Ven aquí. Necesito hablar contigo.  

Nikolai”.  

El corazón me dio un vuelco al saber que tras todos estos años aún tenía mi número. Pero no por eso se ablandaría, al contrario, se endureció aún más, dolida porque aun teniendo ese número no había vuelto a recibir mensaje suyo hasta ese mismo momento.  

Se levantó sin despedirse, fue a inclinarse a dejar un beso en mi mejilla, pero el rechazo que descubrió con un mínimo acercamiento le hizo negarse esa posibilidad. Finalmente regresó a la mesa donde la chica aún le esperaba. Por suerte, estaba a mi espalda y no podía ver mi expresión en ese instante. Sentí un gran y profundo dolor entre mis costillas mezclado con cientos de emociones y finalmente llegué a la conclusión que mis fantasmas me habían atrapado para golpear con más fuerza que antes. 

2018 / Abr / 03

No podía evitarlo. Suponía que era parte de la filosofía humana o quizá de mi curiosidad nata, pero sabía que la mayor parte de nosotros nos preguntamos ¿por qué?, ante los sucesos más trágicos de nuestra vida. Yo no iba a ser ninguna excepción a ese hecho. ¿Por qué debería? Por mucho que el ser humano considerase que era un ser deplorable que debía ser marginado frente a todo pronóstico, en mi cabeza seguía teniendo clara una cosa. Por muy anormal que fuese las conductas del hombre también se deslizaban por mis venas. Tenía los mismos instintos primarios y eso podía vislumbrarse sin duda alguna en ese carácter de mil demonios que me caracterizaba. Ese que ahora había decidido aflorar con una fuerza inusitada.  

Allí, sometida a una observación continua, no podía sentirme más como un animal de circo o aquellos pobres nacidos en cautividad en los zoológicos. Sí, es cierto que suele ser la forma de salvar especies, pero reconozcámoslo, cualquier criatura está mucho mejor en su hábitat natural y para mí un hospital psiquiátrico no lo era ni mucho menos.  

Respiré. ¿Qué otra cosa podía hacer? Soporté mis pensamientos, mis instintos de montar un espectáculo para recibir atención y me mantuve allí, imaginando todo lo que hacían los demás e intentando explicarme a mí misma porqué en esta ocasión había terminado completamente aislada, sin contacto alguno, solo con la posibilidad de maltratarme psicológicamente sintiéndome nada más que un pedazo absurdo de la sociedad, un deshecho que ni tan siquiera los médicos sabían cómo o porqué tratar. ¿Les tendría tan desconcertados? ¿Sería un objeto digno de análisis? Esa sensación me resultó horrible. Si yo era una persona normal como otra cualquiera, ¿por qué estaba apartada del resto? ¿Por qué me habían insistido mis médicos tanto con evitar el aislamiento social si finalmente había sido la medida tomada?  

La cabeza me dolía de tanto pensar. Solamente quería respirar aire puro y allí no había forma de salir. Nadie se dejaba ninguna puerta abierta. Nadie se dejaba ninguna ventana con la manilla puesta para poder abrirla y respirar aire puro, aunque fuese el más contaminado de todo el país.  

La falta de libertad, el sentimiento de aislamiento y la ausencia de mi familia provocaban en mi interior tal dolor que ni tan siquiera sabía porqué permanecía allí, sentada dejando que las horas pasasen. Sabía mi castigo. Sabía que pasaría una semana sin poder hacer nada más que estar mano sobre mano antes de que mis padres pudiesen venir a verme y aunque yo misma me hubiese buscado esto, debía reconocer que lo odiaba. ¿Por qué tenía que ser distinta fuese a dónde fuese? ¿Acaso tenía algo que destacaba igual que una luz de neón en mitad de la oscuridad? La ansiedad me consumía, pues lo que no sabían es que no me habían encerrado sola sino acompañada de mi peor enemiga, yo misma.  

¿Este era el tratamiento preciso? ¿Había solución para evitar estos aislamientos? ¿Había posibilidad alguna de entender el conjunto de pensamientos inconexos que me llevaban a realizar acciones que me provocaba un malestar aún mayor pasando por la ligera sensación de placer que llegaba a notar al sentirme superior a base de gritos o buscando la atención de mi propia familia? ¿Era tan difícil entender que estaba gritando más allá que simples palabrotas? ¿Era tan complicado leer entre los insultos que necesitaba ayuda? Seguramente sí, puesto que ni yo misma había sido capaz de darme cuenta y aún me lo negaba con todas mis fuerzas. ¿Cómo podía ser tan débil como para pedir un abrazo, un beso o una aprobación? Nada tendría solución con eso puesto que cuando terminase volvería a sentirme igual de mal, igual de aislada, igual de sola y por eso recurría a mi única baza en la vida: dejar de crecer.