2018 / Mar / 09

Reflexionar sobre uno mismo no es algo sencillo. Permitirse aceptar sus fallos, comprender que nada es sencillo. Aceptar la vida como penitencia y comprender que ésta no tiene porqué ser una tortura china. Sonreírle a la vida por muy difícil que sea… Palabras que en los momentos de desasosiego se van tan fácilmente como el agua entre los dedos.

Conocerse a sí mismo es duro. Mirar su interior y aprender a ver los propios problemas sin echar balones fuera tan solo es apto para valientes. ¿Realmente pensáis que os conocéis? Yo también lo creía y cuando tuve que surfear entre mis propias miserias supe que la travesía no sería nada fácil. Vivir en el pasado es simple aunque tormentoso, pero aceptarlo para avanzar, no es algo que se pueda hacer en dos días.

Sobre mis espaldas más años vividos en la Salud Mental que todos los psicólogos que conocía. Al menos, creía que estaba más familiarizada con todo el ambiente. Puede que la distancia entre profesional y paciente no fuese algo que estuviese en mis manos ejecutar, pero la primera vez que me dieron un abrazo después de haber llorado me quedé extrañada sin saber qué era lo que estaban haciendo. Ocho años contando mis penurias y tan solo cuando ya estaba más fuerte se atrevieron a darme un abrazo.

La taza de chocolate humeante era lo único que tenía sobre la mesa. Podía escuchar las risas y las conversaciones ajenas mientras me maldecía a mí misma por no haber hecho lo que tenía que hacer: haberme quedado en mi hogar y mandar a paseo al mundo hasta que tuviese fuerzas de enfrentarlo. Pero siendo honestos, sabía de sobra que jamás en la vida lograría correr tan deprisa como para que la sociedad no me encontrase en alguna parte de la ancha extensión de la Tierra.

Cuantísimas veces había pensado en huir del mundo y ahí estaba, en medio de la sociedad y más sola que nadie. A veces, uno no tiene que echar a correr y estar en un lugar aislado para sentirse realmente solo. Yo era un claro ejemplo. Jamás había sentido necesidad alguna de afecto, pero ahora parecía estar chillando en medio de una muerte dolorosa para lograr saciar el hambre de afecto que jamás había sido saciada.

El humo del chocolate caliente se veía a la perfección. No es igual que el humo que expulsa un incendio de un bosque, pero la blancura de este era notoria gracias a las mesas de madera oscura, barnizada de forma que pareciese aún más oscura. Me había percatado de los nudos de la madera, pero tan bien pulida que ni tan siquiera ese nudo podía ser un defecto. Hasta las mesas, sillas y cualquier objeto tenía su punto de perfección y pocas personas apreciaban lo extraordinario: los objetos, las historias, las personas…

Yo era extraordinaria, pero no en el buen sentido. Ese extraordinaria era un eufemismo de rara, pero rara de verdad. ¿Qué otra palabra podía definirme cuando nunca he encajado en la sociedad? Cuando mis compañeros odiaban leer yo lo adoraba; cuando todos querían saltar y correr, yo me quedaba en casa; cuando todos buscaban novios y novias yo me limitaba a ver cómo los demás se enamoraban.

Sonó la puerta de la calle y alcé mi mirada de la taza que aún no había tocado temerosa de quemarme las manos puesto que las tenía heladas. En ese momento entraron dos personas, un joven agarrado a otra chica. Parpadeé ligeramente pues me sonaba aquel joven, sin embargo era imposible cuando yo lo había dejado atrás, había dejado muy lejos ese mundo. Moscú estaba a kilómetros de Nueva York y era más que imposible que fuese la persona que había cruzado mi mente por mucho que se pareciese.

Alto, hombros anchos, mirada cautivadora, impecable como siempre me le había imaginado y entonces nuestras miradas se cruzaron por un mísero segundo. Perdió el color. Parecía estar viendo a un fantasma, pero estaba mirando en mi dirección. ¿Era yo ese fantasma? ¿Entonces estaba en lo cierto y era… él?

Desvió su mirada tan rápido como se percató que me había movido ligeramente con la intención de saludarle aunque fuese desde mi posición. Fruncí mi ceño molesta y desencantada. Desde luego, si era él, había perdido todos los modales de antes. Pero, ¿realmente lo era? De ser así el pasado estaba volviendo a pisarme los talones.