2018 / Feb / 02

2000.

La habitación estaba vacía. Era la única que podía ocuparla. ¿Qué podía hacer con eso? ¿Qué podía pedirle a aquellos desconocidos para que estuviesen allí conmigo? ¿Realmente los quería a mi lado? En absoluto. Quería a mi padre y a mi madre. Quería en lo posible estar bien, tranquila. Quería no llorar, quería no sentirme sola. ¿Había servido de algo todo lo que había pasado? Llamar la atención parecía mi kryptonita y aunque pensaba que estaba bien después ocurría todo eso. ¿Era tan difícil entenderme? ¿Era un ser tan extraño? Me prometían ayuda, pero ¿qué ayuda podía recibir estando entre desconocidos con médicos que ni tan siquiera me caían bien? Yo no era parte de esto. Yo no tenía que estar aquí. Yo tenía que irme a mi casa.

Mi familia no había llamado, tampoco había ido y sabía que durante unas horas iban a visitarles. Seguramente ya estaban hartos de mí, tanto que ni tan siquiera se pasaban por aquí. ¿Cómo reprochárselo? ¿Cómo echarles en cara que no fuesen hasta la capital para verme? Me habían visto gratis durante mucho tiempo, sin tener que ir a propósito a ningún lugar y ahora… ahora no era más que una ridícula y estúpida molestia en sus vidas. Era evidente que mantenerme alejada sería lo mejor para todos. Pero, si no encajaba ni en mi familia, ¿tenía mi vida algún sentido?

Tiempo atrás había probado de todo. Me había teñido el pelo, había cambiado mi forma de vestir. No hacía demasiado de eso, unos meses tan solo. Incluso ahora, había llegado a este odioso lugar con un peinado nuevo que me había obligado a hacerme porque de alguna estúpida manera quería ser Catwoman, quería parecerme a Halle Berry, al menos, en su peinado. Pero yo jamás podría ser Catwoman, ni esa, ni la original. La gata de Gotham hacía muchas cosas que yo sería incapaz.

Mis ojos se elevaron recorriendo toda la habitación con la mirada. Empecé a pensar en la posibilidad de escaparme de allí, ¿pero cómo? Si todos los chicos que estaban allí encerrados no lo habían hecho es que la facilidad no era la clave en esa misión precisamente. La única parte buena que encontraba ahora mismo de toda esta situación era que sí o sí, me tenía que duchar todos los días. Nunca está de más la higiene mínima.

Por si fuera poco, hoy mismo me habían puesto una dieta diferente a los demás. Pollos guisados de diferente forma, pescados hervidos, biscotes integrales que sustituían al pan que todos tenían siempre. Y en lugar de bocadillo, una pieza de fruta. Por suerte la fruta que me daban me gustaba, pero ¿cómo no iba a sentirme más bicho raro aún si no hacían más que recordarme que era diferente en todos los aspectos? No había nadie más con dieta y menos dieta que fuese con fibra añadida. El peso, el peso, el peso ha sido mi cruz toda la puñetera vida. Había hecho dietas antes, por supuesto que sí y en una de ellas perdí tanto peso que me quedé como una niña de mi edad “normal”. Todo el mundo me había obligado a mantenerme bajo el estigma del peso y claro que me sentía gorda, ¿cómo no iba a sentírmelo si para cualquier cosa siempre era a mí a la que le cambiaban las dietas o le recordaban que no comiese tanto que estaba engordando?

Cerré mis ojos e intenté respirar lo más hondo posible. Dolía. Dolía como un condenado demonio. Podía escuchar todas esas risas por mi peso, todos los comentarios sobre mí, los insultos usando esa palabra. Gorda, gorda, gorda, por todas partes y no podía evitar tener ganas de llorar. Necesitaba llorar, pero debía ser fuerte. No debía permitir a nadie que me viese llorando y la noche anterior, antes de irme a la cama, había visto las cámaras en los monitores de ordenador de la recepción. No estaba sola, nunca lo estaba. Siempre me estaban vigilando.

Sentada en la silla, entre las dos camas, mirando a un punto incierto, me obligué a mantener las lágrimas dentro de mis cuentas recordándome que allí estaba en peligro, que allí me observaban, que allí también había personas que pudiesen usar mis debilidades para lastimarme. Al fin y al cabo, era un pez fuera del agua.


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