2018 / Nov / 13

Tras salir del edificio resoplé molesta conmigo misma por haber podido perder la oportunidad de un gran trabajo, pero si era realista, sabía que hubiese estado bastante más tiempo en tensión que de otra forma, así que no sabía si debía agradecer a mi lengua incontrolable por semejante labor o a mi inusual poco manejo de cualquier tipo de emoción.

Moví mi cuello de un lado al otro, hice posturas que seguramente me vendrían mucho peor para aliviar el dolor y la tensión, pero en la busca desesperada de algún sonido que cambiase mi malestar por una negación completa de dolor, me abstraje lo suficiente para luego abrir mis ojos encontrándome con un vaso de mi refresco favorito delante. Parpadeé en varias ocasiones hasta que dejé de enfocar lo que tenía en primera línea, viendo que era Derek quien tenía en su mano ese refresco además de una inmensa sonrisa por volver a verme. ¿Cómo alguien podía llegar a hacerme sentir tan especial?

— Por tu cara tiene pinta que no te ha ido demasiado bien, así que, por si las moscas he traído el kit de celebración o de consolación, como quieras verlo, refresco, un bollo calentito y entradas para ver ese musical que tanto querías ver sobre Michael Jackson. Bueno, espero que sea ese musical o sino su primo hermano más económico. No quedaban muchas entradas en ninguno —murmuró haciendo una mueca antes de provocar que yo misma mordiese mi labio inferior buscando esconder una sonrisa imposible de tapar.

— Sabes siempre qué hacer para levantarme el ánimo —musité con una sonrisa y me olvidé rápidamente de la nefasta entrevista antes de besar sus labios aplastando mi cuerpo contra el contrario a pesar de que él tuvo que ser mucho más rápido o hubiésemos terminado empapados de refresco de naranja.

Sus labios y los míos casaban a la perfección, aunque no sabía si de esa forma que él hubiese denominado perfecta, poco tiempo antes me había asegurado que en la mayor parte de las películas, series y fotografías, la mayoría de los besos son un verdadero desastre y, ese recuerdo, casi consigue que me carcajee contra su boca pensando que podría ser yo misma quien fuese la que le estuviese “comiendo” o “masticando” en esa ocasión.

Derek terminó poniendo su frente contra la mía separándose de mi boca tan solo para permitirnos respirar a ambos. Él tenía mucha más capacidad pulmonar que yo, más resistencia por el ejercicio que realizaba todos los días, pero en cuanto aumentábamos mínimamente la pasión del beso ambos perdíamos el control transformando nuestras respiraciones en algo bastante más caótico de lo esperado.

— Creo que deberíamos ir yendo hasta el teatro si queremos ver ese espectáculo —susurró contra mis labios y le robé un pequeño besito que ocasionó su sonrisa.

Me separé de él para comenzar a caminar dándole un gran trago a ese delicioso refresco que siempre me terminaba dejando acidez en el estómago por su dulzura, pero a veces uno soporta esos pequeños males por puro placer culpable.

— ¿Quieres hablar de la entrevista? — preguntó antes de envolver mi cintura con su brazo acercándome a su cuerpo.

— No hay mucho que decir. Tengo que aprender cuándo debo callarme, eso es todo. Pero tampoco creo que fuese a ser el trabajo de mi vida, así que no es una gran pérdida, al fin y al cabo —me encogí de hombros volviendo a beber ese refresco dado que no podía evitar sentir que la garganta me suplicaba por algún líquido.

— En realidad, creo que son ellos quienes se lo pierden si no quieren tener tu espontaneidad entre sus filas. No creo que sea tanto un fracaso tuyo, sino algo que ellos deberían hacerse mirar porque no existe mejor candidata que tú —contestó con seguridad y no pude evitar soltar un profundo suspiro. Él era la manera perfecta de contrarrestar todo lo que mi cabeza estuviese pensando, aunque, esta segunda, tuviese mucha más fuerza; quizá solamente por el hecho de estar en primera plana y tener controlados los caminos que había que seguir para lograr una bajada de ánimo intensa.

Hay en ocasiones que me preguntaba hasta qué punto me conocía de forma inconsciente mientras que de manera consciente era en ocasiones un completo misterio para mí misma. Suspiré pesadamente sintiéndome algo más baja de ánimo que antes, pero agradeciendo, de alguna manera, que él estuviese a mi lado casi cuidándome como si fuese un bebé en ocasiones.

— Sinceramente no sé cómo me soportas en ocasiones o cómo tienes la paciencia de tratar conmigo —comenté encogiéndome de hombros y terminando por llevarme un trozo del bollo que me había llevado a la boca cansada de intentar aguantar la ansiedad que me producía el aluvión de pensamientos que campaban a sus anchas por mi mente.

La calle estaba repleta de personas, pero era igual que si estuviésemos tan solo Derek y yo. Jamás había sentido esa claridad de pertenencia a un lugar o que no estoy siendo rechazada de ninguna de las formas en las que a mi mente se le podía ocurrir que lo fuese. Estaba allí, frente a un hombre que a pesar de todos mis temores, adoraba cada milímetro de mi ser y por mucho que una parte de mi cabeza, la que siempre terminaba ganando en todas las peleas, no se lo creyese.

— Lo dices igual que si fuese un trabajo extra. “Soportarte” no es el término más apropiado. Cuando estoy contigo no tengo la sensación de estar haciendo un esfuerzo, al contrario, disfruto cada segundo, cada sonrisa que consigo sacarte, cada mirada con ese brillo o, incluso, esas ideas que no dejan de fluir una detrás de otra aunque tema que termines con tanta ansiedad que salgas disparada hacia el espacio. No hay una sola cosa que no me guste de ti o que me haga temer algún segundo a tu lado, al contrario, si temo, temo segundos solo, lejos de la chispa y de la luz que impartes a mi vida —susurró contra mi oído provocando que cada palabra tuviese un efecto aún mayor en mi interior.

Mi corazón palpitaba dolorosamente y mi cuerpo tan solo quería estar entre sus brazos, pero la vergüenza y la poca facilidad que tenía para no sentirme vulnerable o incómoda ante palabras así, propició mi silencio y un sonrojo que Derek terminó acariciando con la punta de su nariz.

2018 / Nov / 13

La entrevista de trabajo no había empezado de la forma más cómoda para mí y dudaba que fuese a mejorar en poco tiempo. Los momentos tensos no eran mi especialidad a pesar de haber pasado por muchos de ellos a lo largo de mi vida.

— Me gustaría aclararle que primero se comenzaría con un programa de prácticas y que continuando con éste mismo, se vería si es acta o no para el puesto.

La manera en la que hablaba me hacía sentir igual que si fuese completamente idiota. No obstante, había que tener algo en cuenta. A mí nadie me había dicho que iba a entrar en un plan de prácticas, pensaba, en todo caso, que entraría directamente al trabajo. No tenía problemas con las prácticas ni los procesos de selección, pero ponerme nerviosa iba de la mano, aunque ¿cuándo no sentía que iba a terminar volviéndome un flan por la ansiedad? Eso de los ejercicios de respiración para calmarse en estos momentos, era malísima llevándolo a la práctica y tal y como había aprendido a lo largo de mi vida, la mayoría éramos bastante dejados en ese aspecto. Buscábamos, generalmente, un sustituto que nos relajase y que fuese más momentáneo aunque terminase dándonos menos beneficios que estos ejercicios. A mí, por lo pronto, siempre me ponía nerviosa eso de tener que contraer los músculos y todas esas cosas. Me sentía estúpida, aunque bien visto, casi siempre me había sentido de esa forma hiciese lo que hiciese.

Intenté controlar el taconeo de mis pies. Ambos querían empezar a bailar igual que si estuviese en un tablao flamenco y en la soledad de esa habitación sería completamente imposible negar que si ese ruido no lo hacía él era yo quien lo estaba haciendo.

— ¿Ha comprendido este punto? —preguntó volviendo a elevar sus ojos hacia los míos haciendo que me estremeciese ligeramente y no precisamente por las buenas vibraciones.

— Sin ningún tipo de problema, señor. Habrá una selección y quien sea la más apta será quien se quede el puesto. Es comprensible si la exigencia en todos y cada uno de sus trabajadores es tanta como la que parece tener usted mismo en su propio trabajo —justo en el momento que me di cuenta de lo que había dicho, me mordí la lengua por instinto, pero todo ya había salido demasiado rápido así que tenía dos maniobras: intentar distraerle con otro tema, o bien aguantar el chaparrón.

— ¿Me considera exigente, señorita Mijáilova?

No había escapatoria. Había que aguantar el chaparrón.

Su espalda se apoyó en el respaldo de su butaca mientras me observaba sin casi parpadear. Ese tipo de miradas resultaban sumamente inquietantes. Hay una especie de pensamiento automático con el que uno se pone alerta pensando que nadie me mire así puede estar planeando nada bueno, o también podía ser por ese miedo que tenía a toda persona que fuese capaz de hacerme sentir ridícula, inferior y todo ese tipo de pensamientos que permanecían constantemente en mi cabeza y que solo necesitaban que les abriese mínimamente la puerta para que escapasen todos en tropel sin demasiadas facilidades para frenar semejante hilo de pensamientos incansables que se retroalimentaban los unos a los otros.

— Creo que el éxito puede ir acompañado de la suerte, sí, pero en raras ocasiones eso puede mantenerse durante demasiado tiempo, es decir, cuando uno tiene suerte puede terminar siendo solamente estrella de un día y que después no se sepa gran cosa sobre él o ella. Mientras, que si uno sigue trabajando puede llegar a conseguir grandes cosas y mantenerse en la cresta de la ola con más o menos variaciones; eso sí, ambas deben ir acompañadas. Hay personas que trabajan sin descanso, pero que no tienen esa suerte o esas características precisas o que no es ni el momento ni el lugar para que el trabajo de esa persona sea valorado —mordisqueé mi labio inferior percatándome que me estaba yendo por las ramas como a menudo me ocurría cuando estaba nerviosa—. Y remitiéndome a su pregunta, es evidente que no escoge a cualquier trabajador. Busca en sus asalariados el mismo espíritu trabajador que usted. De ser preciso poner la empresa antes de cualquier otra cosa que pudiera surgir. No es de extrañar que pueda ser uno de esos hombres que estén más casados con el trabajo que pudiendo permitirse tener alguna clase de relaciones estables. Aunque, me resultaría raro, puede que esté equivocada y sea de ese escaso porcentaje de personas con éxito que tienen más vida fuera del trabajo que dentro —comenté antes de llenar mis pulmones esperando que en cualquier momento me soltase alguna fresca por mi impertinencia al haber hablado como me había dado la gana, básicamente. De todos modos, creía que no había sido irrespetuosa en ningún momento.

— Pensaba que no era alguien que fuese tan fácil de leer. Dígame, ¿no le supongo un enigma? ¿Soy un libro abierto para cualquiera? —casi parecía preocupado por lo que aquello pudiese significar para él, aunque suponía que en el mundo de los negocios tener cara de póquer debía ser casi un requisito mínimo.

— No creo que sea un libro abierto. Solamente usando la lógica uno podría llegar a esa conclusión. Por no hablar del deseo de pulcritud y de impecabilidad que desea mostrar con… bueno, la simple estancia en la que está. No hay nada que no esté perfectamente alineado, tampoco un gramo de polvo salvo el que se va acumulando con el paso de las horas y con la presencia en la sala de las personas que irremediablemente dejamos caer células muertas, cabellos, etc —entrecerré mis ojos antes de mirar la mesa sobre la que tenía un montón de papeles—. Y casi no hay una sola huella de sus dedos en la mesa. ¿Cree que algo así podría conservarlo una persona que no disfrutase con el orden y la exigencia en la perfección? Alguien bastante más desastroso no estaría pendiente de tener alineados todos los bolígrafos o lapiceros de la forma precisa o no hubiese dado esa orden a ninguno de sus subordinados —me encogí ligeramente de hombros esperando que aquello no fuese tan invasivo como a mí me estaba resultado a pesar de no poder contener mi lengua.

— Veo que tiene mucho que decir sobre mí —sus ojos se oscurecieron volviendo a provocar en mi cuerpo esa reacción de “peligro” con todas sus letras.

— Tiendo a hablar de más si estoy nerviosa. El silencio me incomoda —fruncí mi ceño sin comprender porqué le había dado ese dato.

— Creo que por el momento es suficiente, señorita Mijáilova. Será avisada si es escogida —asintió antes de levantarse para darme la mano y en el momento que su mano envolvió la mía sentí que no volvería a pisar ese edificio en toda mi vida. Había sido un completo fracaso.

2018 / Nov / 13

Hay situaciones que ocurren tan solo durante un mísero segundo y que cambian para siempre el camino de nuestras vidas. En momentos, nos preguntamos si podríamos haber hecho algo para evitar llegar allí, pero yo tengo la teoría de que si algo tiene que suceder, pasará, por mucho que intentemos que no ocurra. Desde hace mucho tiempo creo que si no estás en un lugar, en un determinado momento, es porque no tiene que ser así. Si estás, es porque debe cambiarte, de alguna manera radical, para siempre.

El avión había aterrizado horas atrás. Me había puesto la ropa con la que consideraba que estaba más elegante, pero sin tener que estar vestida como si fuese de boda. Mis tacones realizaban un pequeño ritmo contra el suelo pulido de ese edificio carísimo. Me sentía bastante entusiasmada, desde luego, sobre todo estaba nerviosa pudiendo sentir cómo mi estómago se quejaba de una de las mejores maneras que había aprendido, dándome un fuego interno, ácido, que llegaba hasta mi garganta y que era molesto hasta decir basta. No importaba el agua que ingiriese, no lograría paliarlo ni apagarlo mínimamente. Aquello había que contrarrestarlo con algo salado o con una fruta. Estaba convencida de lo que más efecto haría sería uno de esos maravillosos yogures con bífidus que me ayudaban a ir al baño, y que parecían casi un antiácido.

Observé como una cabeza se movía en mi dirección. La secretaria que estaba intentando concentrarse en su trabajo me miraba con cara de pocos amigos. Si ella no había tenía tantos nervios como para no poder controlar algún tipo de tic, entonces es que no era humana, pero a pesar de todo, intenté mantener las piernas sin aquel movimiento continuo que tanto molestaba a muchas personas.

Por todas partes podía ver a muchas señoritas impecablemente vestidas, a hombres observándolas de arriba abajo, pero vestidos de traje y con sus dedos con la marca de anillos que habían estado ahí hasta hacía muy poco, o ni cortos ni perezosos mantenerlos en sus dedos como si no fuese un obstáculo. No me gustaba ese tipo de situaciones, me hacían sentir sucia y eso que yo tan solo era una espectadora.

— ¿Señorita Mijáilova? —preguntó la mujer que antes me había estado mirando de mala manera—. Ya puede entrar.

Me levanté respirando profundamente antes cuadrar mis hombros y tras morder mi labio inferior reseco, caminé hacia el despacho del hombre que me había hecho llamar. Debía haberle pedido a Derek que viniese conmigo, pero no quería parecer que necesitaba que me llevasen de la mano aunque lo hubiese agradecido mucho.

Llamé a la puerta de una madera robusta y llamé tan flojo que temí que nadie al otro lado me escuchase. No obstante, una potente voz grave me indicó que pasase.

Abrí la puerta y tras ingresar al inmenso despacho casi me dio un patatús. Todo minimalista y ostentoso, pero era tan similar al despacho que había visto tiempo atrás de Gerault que por poco salí de aquella habitación tan rápido como me permitiesen mis tacones.

Enfrente de mí, sentado al otro lado de un escritorio de cristal, unos ojos penetrantes me observaban como si jamás hubiesen sabido qué era sonreír o tener una expresión amable en sus facciones. Entrecerré los míos como acto reflejo, él también lo hizo. Me observó más detalladamente y en medio segundo, su mandíbula se tensó de tal forma que casi temí que fuese a lanzarme a los perros al estilo de los millonarios excéntricos.

— Señorita Mijáilova…— su tono aunque duro, casi parecía familiar, como si mi nombre no se le hiciese desconocido o como si hubiese caído repentinamente en algo.

No quise preguntar si nos conocíamos porque a mí aquel hombre no me sonaba de nada, de hecho, ni tan siquiera recordaba en esos momentos el apellido por el que tenía que llamarle, así que mientras mis ojos buscaban algún tipo de referencias para dirigirme a él, preferí quedarme con “señor” tan solo.
Me dirigí hasta la mesa de escritorio para estrecharle la mano mientras una sonrisa se deslizaba por mis labios en busca de destensarme a mí misma, aunque sabía que la solución iba a ser estresante sin posibilidad de cambio.

— Buenas, señor.

— Buenos días —comentó envolviendo mi mano con la suya grande, cálida y firme. Un seco movimiento de manos, sin ser demasiado fuerte y el saludo ya estaba hecho—. Me alegra comprobar que ha accedido finalmente a acudir a esta cita. Por su correo, mi secretaria me había comentado que no parecía estar nada seguro o, por lo menos, que no daba una gran convicción de querer conseguir este puesto. ¿Estoy en lo cierto?

La primera en la frente. Aquel hombre serio, con ojos azules intensos, con el pelo mejor peinado que había visto en mi vida por el que dudaba que se le moviese un solo cabello, me observaba como el depredador observar a su presa. Estaba seguramente acostumbrado a mandar a casa a tantas personas como buenamente deseaba y me preguntaba si por esta entrevista no sería alguien más despedido.

— En realidad no es cierto. Solamente no tenía la convicción de conseguirlo porque, al fin y al cabo, es usted quien decide quién y quién no trabaja en su empresa. No quería creer que estaría trabajando aquí solamente por mi cara bonita o por las referencias ignorando que esta entrevista es casi tan importante como el currículum —contesté en busca de la tranquilidad en mi tono de voz con la que hacía lo posible para trabajar con mis pacientes o los que había tenido tiempo atrás.

Me mantuvo la mirada unos instantes, algo parecía brillar en sus ojos antes de asentir y desviar la mirada de la mía dándome un gran respiro por la intensidad casi analítica que tenía. Casi parecía que me estuviese concediendo la posibilidad de seguir con vida o de morir en la peor de las torturas con el movimiento de uno de sus dedos igual que el César en la antigua Roma.

— Buena respuesta, señorita Mijáilova. Es bueno saber quién toma las decisiones en esta empresa.

Y aunque su contestación y aclaración era comprensible, no pude evitar que una parte de mí pensase: ¡Creído! A grito pelado.

2018 / Nov / 13

El sonido de la lluvia golpeando la ventana me traía el recuerdo de todos aquellos días en los que había creído que tenía una mínima suerte, que tenía al cielo de mi lado, que estaba a pesar de todo de mi parte, recordándole al mundo que yo estaba llorando por el sufrimiento que se arremolinaba en mi mente con la misma dureza que un huracán terminando por desquebrajar mi pecho con su fuerza inusitada.

Hay momentos en los que uno parece que disfruta aún más de esa forma de sentirse en la que no hay nadie capaz de consolarle, tan solo las canciones de desamor o las más tristes, dispuestas una tras otra en lista de espera para reproducirse logrando que todo nuestro se estremezca y se revuelque con gusto en los dolores más intensos de nuestra alma.

A pesar de no tener demasiado motivos para ello, era casi un alimento para esa parte de mí misma que durante tantos años había vivido sumergida entre las sombras de su propia oscuridad. Es como si la soledad y las sombras tuviesen algo, lo que fuese, que provocaba una cierta adicción. Podía sentir cómo crecía y me envolvía para lanzarme a esos lugares tan conocidos para mí donde solamente existía el dolor.

Intenté centrarme en las opciones que se me presentaban para el futuro y no en esa desolación desorbitante que me había empezado a arrastrar hacia un agujero negro que me succionaría y no me dejaría escapar en ningún momento de su morada.

Tomar decisiones nunca había sido mi fuerte, bien porque creía que no lo hacía bien, como casi todo lo demás, o porque solamente recordaba los momentos en que mis decisiones me habían llevado a situaciones demasiado extremas como para que supiese manejarlas con las tablas que debería tener una persona de mi edad. A pesar de que ese tipo de reflexiones externas y de la sociedad lograban hacerme reír a carcajada limpia en muchas ocasiones, también era cierto que provocaban esa misma desazón como una presión añadida.

No obstante, la vida estaba llena de esos momentos. Situaciones en las que podía ser un nuevo comienzo o la primera derrota en una batalla que pasaría muchos años despierta, amenazante y poderosa hasta que en el algún momento, demasiado lejano para poder saberlo, alguien blandiese la bandera blanca permitiéndose a sí mismo negarse tener más momentos de bajas y desesperación, al menos, por esa guerra interminable.

Tenía que centrarme en la parte positiva también. A menudo, mis análisis estaban rodeados de esa parte oscura y peligrosa. De mis miedos, de mis inseguridades, de mi negatividad en la que me sumergía más fácilmente que en las aguas cálidas de la esperanza. Como parte positiva, tenía la posibilidad de demostrarme a mí misma que valía para el trabajo, intentar empezar de cero en situaciones nuevas, un nuevo reto que me daba tantas posibilidades de éxito como cualquier otro que me propusiese. A pesar, de que para mi mente la balanza estuviese clarísimamente decantada por el porcentaje de fallos, la realidad era distinta, había un cincuenta por ciento para cada una y si me paraba a pensar, a respirar y a sentir, lo más probable es que descubriese que por mucho miedo que tuviese, estaba deseosa de sumergirme en una nueva aventura.

¿Estaba tomada la decisión? Seguramente. No sabía qué terminaría significando en mi vida, pero había querido intentarlo, así que, antes de contestar afirmativamente lo hablaría con Derek quien aún debía estar durmiendo pues la noche a duras penas si rayaba el alba.

En situaciones como esa me preguntaba cuántos amaneceres viviría a lo largo de mi vida. Había vivido muchos sin verlos realmente, o durmiendo, o perdida en mis propias emociones que me habían cegado, olvidándome que la vida continuaba aunque para mí pareciese haberse parado.

Disfruté por un instante del silencio y regresé al ordenador para escribir parte de la historia que aún tenía entre manos. Desnudarse por completo en un libro no era algo sencillo, aceptar en las páginas algunas situaciones que ni tan siquiera había sido capaz de admitir en voz alta, resultaban muy dolorosas. Pero, quería hacer algo diferente con eso. Quería que ese sacrificio mío, que esa forma de desnudarme ante todo aquel que leyese la obra pudiese hacerle sentir menos perdido de lo que yo me había sentido nunca.

Sonreí antes de ponerme a redactar uno de los momentos más trágicos de mi vida, sabiendo que necesitaría a Derek en ese momento, pero que no podía depender tanto de él. Ahora, lo importante no era sentirme bien escribiendo, aunque disfrutar del proceso debía ser clave, sino poder rememorar lo máximo posible todas esas situaciones en las que la congoja había sido mayor que cualquier emoción cuando se abrazaba con la tristeza crónica que se deslizaba por mis días como si no existiese más estado anímico que aquel para mí.

Después de derramar las primeras lágrimas, las siguientes vinieron sin que se lo hubiese permitido, pero realizando más llevadera aquella situación. Y cuando, hube terminado el capítulo, sequé mis lágrimas sintiendo una sonrisa de satisfacción solamente porque había logrado hacerlo, lo había conseguido y eso era más que suficiente para mí.

Me percaté de la hora que era. Me había sumergido tanto en la escritura que me había olvidado del tiempo que había pasado ejercitando los dedos sobre el teclado. Era una hora más que razonable para llamar a Derek y contarle mi plan. Al menos, podíamos tomarlo como unas pequeñas vacaciones. ¿Por qué no irnos con todos los gastos pagados?

Su voz ronca me recordó que había estado durmiendo hasta hacía tan solo un par de minutos o que le había despertado. Sin embargo, tenía la maravillosa cualidad de hacerme creer que mi llamada era una de las mejores formas de despertar y tomar energías para el día que empezaba. Me sonrojé sin poder evitarlo, los halagos, recibirlos, no eran precisamente mi fuerte.

Cuando colgué tenía clarísima la situación. ¡Nos íbamos de vacaciones! ¡Bienvenida a tu nueva aventura, Kyra!

2018 / Nov / 13

Me desperté entre sábanas sudorosas. Derek no estaba allí. Mi piel estaba fría por las temperaturas que a pesar de tener ventanas no lograban terminar de aislar del todo aquella casa que un día se nos terminaría cayendo a pedazos encima. Ni siquiera todas las denuncias habían logrado que uno de los ojitos derechos del gobierno terminase aceptando que había estado haciendo una patata pura y dura. Habíamos logrado tan solo un cambio en toda la casa, pero el resto era de una calidad que dejaba muchísimo que desear.

Me puse ropa de estar en casa incluyendo una sudadera. Bajé las escaleras descalza y entré en la cocina para coger un vaso de agua antes de pensar en todo lo que me había hecho despertarme. Situaciones de estrés que para cualquier otra persona podían soportar una tontería y para mí eran iguales que pesadillas: exámenes, perder un libro prestado que hubiese terminado extraviado… ¿cómo situaciones tan mínimas eran tan poderosas como para transformarse en pesadillas que me quitasen el sueño?

Podía leer en todas y cada una de las señales cómo mis emociones eran un manejo incontrolable y que me provocaban una vergüenza del tamaño de un desnudo en mitad de la calle o de un estadio lleno de gente y con tantas cámaras que el mundo en su totalidad se enteraría de la cantidad de lunares que tenía por toda mi anatomía.

Sabía que el teléfono de Derek estaría encendido y que contestaría mi llamada de necesitarlo, pero me negaba a que cualquier mínima crisis fuese tan solo paliada por otra persona, no porque me sintiese más que nadie, sino porque si dependía absolutamente en todo de él, lo más probable es que la relación fuese de mal en peor con el paso del tiempo. Así que debía gestionarme yo sola mis angustias como lo había hecho durante gran parte de mi vida. Bien, es cierto, que no había sido mi fuerte, pero nunca es tarde para empezar.

Teóricamente yo tenía conocimientos para ser capaz de manejar todas estas cosas, pero estaba más que segura que por mucha teoría que supiese todo el mundo, si las emociones se disparaban, terminaban dejándose llevar aunque no debieran. No debía reprocharme eso. Estaba cansada de recordarme que me sabía la teoría, pero que no la llevaba a la práctica y ese tipo de pensamientos lo único que proporcionaban en mí era una angustia superlativa, nada más que eso. ¿Por qué? Porque no estaba haciendo lo que debía. Eso era para darme de aplausos si me sumergía en esa espiral y sabía cómo terminaría todo: la ansiedad estaría tan disparada que lo único que la paliaría sería una pastilla para lograr que no me subiese por las paredes como la niña del exorcista.

La noche me recibía como siempre. No había abrazo cariñoso, era fría, distante y dolorosa. Parecía reprocharme en secreto que había dejado de acompañarla durante muchas de ellas solamente para vivir en el día. Pensamientos como aquellos me hacían hasta gracia. Imaginar que la luna o la noche hubiesen querido tenerme a su lado, era igual que creer que las estatuas hablaban o sentían.

Con el vaso de agua entre mis dedos, decidí subir de nuevo a mi habitación. Mis padres estaban dormidos aún aunque sabía que mi madre no tardaría demasiado en despertarse. Durante muchos años había cogido por costumbre, para ayudar a que mi hermano fuese a la universidad, a levantarse a horas intempestivas. Me sorprendía que aún se hubiese quedado con la hora, sin embargo, mi abuela también decía lo mismo. Siempre se había levantado muy temprano en todos sus trabajos y, al final, había cogido la hora y no podía estar más tiempo en la cama durmiendo. Y no eran dos personas que necesariamente se acostasen antes de la cena, pero sabían llevar ese ritmo de sueño cuando el mío era tan inconstante que creía que algún día me metería en la cama y no me despertaría en días, pero en cuanto despertase no volvería a dormir tampoco durante esa misma cantidad de días.

Encendí mi ordenador por pura costumbre. Me senté en la silla y comencé a trastear entre las carpetas hasta que finalmente encontré mi escrito, la obra que había conseguido terminar, más o menos. No estaba satisfecha, nunca lo estaba en nada de lo que hacía, pero me había propuesto en esta ocasión llegar hasta el final.

Aún faltaban unas horas para que despuntase el alba. No tenía muchas ganas de leer, por lo que me dispuse a continuar plasmando mis sueños, mis vivencias, mis historias aunque fuesen repetidas, en aquel diario de sueños, ese diario donde intentaba pensar con mayor claridad al ver escritos todos mis miedos, mis fobias, mis pesadillas o mis anhelos en sueños inconclusos en los que, a menudo, me había sentido tan mal que me había despertado por ello.

Justo en ese momento recibí una notificación. Tenía un correo nuevo. Me estiré ligeramente en la silla y me metí dentro de la bandeja de entrada del correo porque a duras penas si era capaz de concentrarme en lo que estaba escribiendo. Cliqué, abrí y observé la letra impersonal del ordenador, un Times New Roman que lo único que dedicaba era gran profesionalidad.

“Estimada, señora Mijáilova.

Le informo de una petición especial por parte del presidente de la multinacional Mootex. Le gustaría concederle una cita laboral el viernes a las 12:30 de la mañana.

Tras haber escuchado a hablar de usted a múltiples socios está deseando ofrecerle una propuesta de trabajo en la empresa, en su sede central.

Por favor, le rogamos que nos informe si acepta esta petición, de ser así, la empresa se encargaría del pago de todos los costes de su estancia, viaje y, si todo sale bien, traslado.

Un saludo,

Amelia Fox.
Secretaria general de Mootex S.A.”

Entrecerré mis ojos al leer ese correo. Llevaba mucho tiempo sin trabajar y sabía que no era la persona más indicada, pero también es cierto que decidirlo sin tan siquiera haberlo meditado mínimamente era algo absurdo y, un viaje con todos los gastos pagados, no me vendría mal. Sabía que lo más probable es que no me escogiesen, pero si había escuchado hablar de mí podía ser que ya estuviese interesado. Fuera como fuese la curiosidad estaba volviendo a ganar de nuevo, aunque me negaba a tomar una decisión tan pronto, aún había tiempo para responder, al menos, dentro de un par de horas no sería demasiado tarde.

2018 / Oct / 29

1988, septiembre.

Las risas de los niños deberían ser la invitación para que otros también se riesen. Sin embargo, lo único que yo podía hacer era buscar a mi hermano, alguien que llevaba un año en aquel lugar al que yo siempre había querido ir desde que sabía su existencia, pero que ahora, por lo que fuese, no parecía tan atractivo y maravilloso a mis ojos.

Había demasiados niños por todas partes. Lo único que tenía era el sándwich que me había hecho mi madre para aquel día y al que me aferraba con la absurda idea de que si estaba ahí conmigo teóricamente no estaba sola. Di un nuevo mordisco al sándwich creyendo que ese hambre que tenía era común, que le pasaba a todos los niños igual, pero no veía a todos con uno en la mano, había algunos con zumos, otros simplemente corriendo de un lado al otro y gritando entre risas mientras se enfadaban porque les habían quitado las muñecas o porque se habían tirado algo de arena al pelo.

Lo único que yo sabía es que conocía a mi hermano allí, pero aunque me había acercado a él, había vuelto a salir corriendo. Yo odiaba correr. Así que le dejé jugando a lo que fuese que estuviese jugando con sus amigos, porque a diferencia de mí, él tenía amigos. Suponía que estando un año allí había tenido tiempo para eso y para más.

En mi interior estaba creciendo un sentimiento doloroso y las ganas de llorar se agolpaban en mis ojos. Esa había sido una cualidad que siempre había tenido. Llorar para mí era tan fácil como chasquear los dedos, algo que a mi hermano no le salía y yo era incapaz de silbar por mucho que me enseñasen, eso sí, sabía soplar aire de una manera infinitamente prometedora, en alguna ocasión si lo hacía mínimamente bien, lograba que escapase del interior de mi boca un pequeño silbido que después me cansaba rápidamente de intentar reproducir de nuevo.

Había un niño en mi clase de color más oscuro que no sabía hablar una sola palabra de nuestro idioma, hablaba algo muy raro, pero mis ojos le encontraron rápidamente entre los niños acompañado de otros y aunque no fuese nada más que eso, la compañía, ya tenía mucho más que yo. De hecho, mi corazón al pensarlo se oprimía con la fuerza de una odiosa tormenta. Aquella parecía mi tortura personal.

Recordé la película a la que me había llevado hacia poco tiempo mi madre al cine. Allí, con una sonrisa vi cómo quería ser de mayor, el pelo que deseaba tener y lo fuerte que deseaba ser. Sin embargo, ni mi voz era igual, ni mucho menos lo sería estando rodeada de tanta gente que me ignoraba directamente, o me dirigían una mirada de “lejos extraña” que llegaba a asustarme.

Me fui hasta una de las esquinas del pequeño patio de tierra y me senté en el suelo a pesar de que odiaba que la arena se metiese dentro de mi ropa. El babi ayudaba a que mi pantalón no estuviese en contacto con el suelo lleno de piedrecitas. Teníamos alrededor de ese patio que parecía enorme una verja alta que nos impedía salir de allí. Solamente se podía por una puerta que las profesoras mantenían vigiladas.

Miré mi sándwich y después volví a darle un mordisco. No quedaba demasiado de él. Tenía entre mis dedos el papel con el que mi madre me lo había envuelto y sabía que tenía que tirarlo a alguna de las papeleras que había en la extensión de aquella tierra habitada por niños.

Cuando me terminé el bocadillo, lo único que pude hacer fue mirar al suelo y comenzar a jugar con la arena que no me decía que no aunque los ojos de todos aquellos niños si lo hubiesen hecho. Además, no volvería a preguntarle a varios grupos de niñas que me dejasen entrar en su grupo puesto que por tener el pelo corto no me lo permitían.

Centré toda mi imaginación en aquella arena. De pronto dejó de serlo. Se transformó en filetes empanados, también en pequeños montículos que eran castillos dentro de un mundo desproporcionado, pero perfecto a mis ojos. Es como si mi cabeza pudiese decirse a sí misma que no pasaba nada por estar sola, que estaba jugando con la arena y que no sería la primera vez que jugaría sola porque también lo había hecho en casa.

Pero una parte de mí ya estaba preguntándose cuánto quedaba para que mamá viniese a recogernos. No quería seguir allí. Aunque me divirtiese haciendo fichas en clase, el recreo se estaba convirtiendo mi parte menos favorita de lo que significaba estar en el colegio.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta que cayó en la arena y pude ver cómo se teñía de un color más oscuro. La textura mojada era agradable y me recordaba a la de la arena que habíamos mojado cuando era pequeña para lograr hacer un inmenso castillo mi padre y yo, aunque no recordaba cómo había terminado en realidad.

Eso me sorprendió, era algo diferente. ¿Cómo con una lágrima se podía conseguir algo diferente en la arena? Me quedé observando ese poquito de tierra mojada más parduzco y lo cogí entre mis dedos poniéndolo en la palma de mi mano. Parecía tan grande y tan raro frente al resto de arena que escurría sin problema entre mis dedos siendo mucho más… delgada y áspera. Sin embargo, por mucho que las juntase no lograba que la una cambiase a la otra, sino que simplemente se fundiesen en un montoncito con las dos tonalidades en él.

No obstante, no tardó demasiado tiempo en volverse del mismo color y toda la curiosidad, ese motivo que había tenido para dejar llorar había desaparecido por completo mientras la imagen de mi madre volvía a mi mente. Me levanté y me puse de puntillas para agarrarme a la parte baja de la verja y apoyando mi cabeza entre dos barrotes sin poder pasarla entre ellos esperé que ella terminase apareciendo para llevarme a casa. Pero no lo hizo, nunca lo hizo, no hasta la hora en la que acababa el colegio.

2018 / Oct / 29

La comida que había pedido estaba deliciosa. Hamburguesas, patatas fritas… No me gustaban demasiadas cosas sanas, debía admitirlo, y aunque intentaba que el resto del tiempo pudiese comer sano, a veces necesitaba llenar mi estómago de grasa y de aditivos como si fuese un regalo por haberse portado mínimamente bien o no sé.

Lo que más me gustaba de toda la situación no era solamente la comida, sino que Derek comía mucho más que yo y aunque me hacía querer ganarle a inflarnos entre ambos a miles de calorías, buscaba en lo posible no entrar en competición, un reto sumamente complicado para mí. La vida era exactamente igual que un montón de concursos donde por mucho que lo intentase siempre terminaba la última para el placer torturador de mi mente enemiga.

— ¿Qué has estado haciendo? —pregunté de repente tras llevarme una patata a la boca masticándola con tranquilidad.

— He estado intentando seguir adelante, Kyra. Pero era completamente imposible. No salía de mi hogar, me pasaba horas y horas metido en un estudio en el que te veía por todas partes aunque hubiese escondido todos tus cuadros. Además, por si fuera poco, bueno, te volví a pintar —suspiró antes de mirarme con una pequeña sonrisa en los labios—. Fueron los únicos momentos de verdadera paz que he tenido durante este tiempo.

Mis ojos se encontraron con los suyos en una súplica silenciosa, esperando que no me estuviese diciendo mentira alguna, que fuese sincero. De ser así, el romanticismo también convivía en un hombre que sabía dominarme en la cama, aunque me dejaba volar sin problemas en mi vida diaria. Puede que sus celos pudiesen con él, pero estaba convencida que esos celos escondían algo más, algo que yo no sabía ver, algo que jamás había sabido ver. Algo que podían llegar a esconder los míos propios.

Llevó una de sus manos a mi cabello y cogió uno de los mechones de pelo que seguía manteniendo corto, pero de un color completamente diferente, aunque era el color de pelo con el que me había conocido.

— Finalmente te cambiaste el color de pelo, otra vez —dijo con una pequeña sonrisa.

— Oh, sí. Tenía el pelo completamente frito. Yo no sé cómo pueden tantas ponerse rubias con todo lo que tiene que sufrir el pelo. Solamente es medio plausible si tienes el pelo aún más corto que yo. Además, estaba acostumbrada a tener el pelo suave incluso dejándomelo secar al aire libre y ahora no tengo más que paja en lugar de pelo. Ojalá pueda poco a poco ir recuperando mi pelo y decir adiós a toda esa parte maltratada.

— Me pregunto cómo puedes estar aún más hermosa con cada estilo que pruebas…

Sus palabras provocaron un rubor tan intenso que parecía darme igual que tan solo media hora antes habíamos estado desnudos y gimiendo envueltos en los sentimientos más apasionados que habíamos encontrado en nuestro repertorio tras aquel primer beso, tras aquel suave roce inocente a primeras de la rosa sobre mi piel.

— Y cuando creo que no puedes estarlo más, te superas. Sonrojada, vergonzosa, adorable…

— ¡Basta! —reí tapando mi rostro con mis manos sintiendo como me ardía absolutamente toda la cara por su culpa.

Él comenzó a reírse y se acercó hasta mí para sentarme en su regazo y darme besos por toda la piel que alcanzaba intentando encontrar huecos entre mis manos para besar parte de mi rostro. Después me quitó las manos de encima de mis facciones y me miró embobada mientras yo temía tener fiebre de todo lo que me ardía la cara.

— No te escondas.

— Pues no me digas esas cosas —musité intentando poner la expresión de una niña enfurruñada.

Me observó de esa manera en la que me había mirado casi desde el primer día y luego arrugué mi nariz antes de coger mi comida intentando, en lo posible, centrarme en ese acto, en comer solamente. Él hizo lo mismo, se concentró en su comida aunque su mano libre no descuidaba mi espalda ni un solo segundo, la recorría en un suave ir y venir, sin segundas intenciones, queriendo únicamente demostrarme que estaba ahí o relajarme o puede que por la necesidad de sentir el tacto y el calor de mi cuerpo en alguna zona del suyo.

Apoyé mi cabeza en su hombro masticando tranquilamente antes de que se pasase por mi cabeza una pregunta, una cuestión inmensamente necesaria para mí por alguna razón desconocida. En realidad, no era tan desconocida. Ansiaba una prueba de que no volvería a sufrir o de que confiaba en mí o… un nuevo chute de moral a mi autoestima a la que poco a poco estaba enseñando a alimentarse sola, pero que aún seguía necesitando de la aprobación ajena.

— ¿Te hago feliz?

Mi pregunta salió como un susurro, casi temeroso. Él centró toda su atención en mí antes de dejar la comida, limpiarse la mano con la servilleta y ponerla en mi rostro envolviendo mi mejilla con toda su longitud.

— Tú me has enseñado qué es la felicidad, Kyra —sus palabras provocaron que mi corazón se acelerase hasta alcanzar el ritmo de un colibrí y que además, las mejillas me volviesen a arder por la vergüenza. ¿Era yo capaz de algo así?

Ese era uno de los principales problemas. A pesar de tener su respuesta, sincera, en la que debía confiar sin ningún pero, siempre escapaba como resorte la pregunta automática en mi mente que me obligaba a cuestionar absolutamente todo lo que podía hacerme sentir bien, superior o, ser algo más que alguien. Kyra no podía ganar ningún concurso, Kyra no valía para darle felicidad a nadie, Kyra era el aperitivo para encontrar después el plato fuerte y, fuese quien fuese el que me había logrado hacer creer eso, debía felicitarle por un trabajo impecablemente macabro. No necesitaba a nadie que me infravalorase, ya lo hacía yo sola, esa parte de mí oscura, peligrosa y letal que había aprendido a asesinar lentamente a la mujer que era en realidad.

— Y tú a mí —respondí antes de que mis pensamientos oscuros volviesen a ganar la batalla de nuevo.

2018 / Oct / 29

Mordí mis labios sintiendo aún el sabor de su boca en la mía. Ese sabor que estaba mezclado con el de mis propios fluidos y que siendo sincera siempre me había parecido algo tan asqueroso que jamás creí que pudiese llegar a ser tan sumamente excitante que un hombre, con el sabor de mi placer, me lo entregase con la mezcla de su propia pasión en un beso apasionado.

Aún era incapaz de comprender cómo había pasado en tan poco tiempo de tener una cita, un intento por reconquistarme, a tener a ese mismo hombre sobre mí, realizando todo lo que desease a mi cuerpo buscando únicamente mi propio placer y olvidándose del suyo. Era igual que una petición, un “perdóname” o una ofrenda de paz por todo lo que me había hecho pasar. En realidad, nos había hecho pasar. Dudaba que él lo hubiese pasado mínimamente bien salvo que fuese el mejor actor de la historia.

Mi cuerpo estaba sudoroso, tan solo por la manera en la que él me había hecho alcanzar la gloria. No me había movido y era sorprendente que sin hacer ejercicio alguno y sin tener fiebre hubiese llegado a tal grado de descontrol de mis propias glándulas sudorÍparas, aunque, bien pensado, ¿cuándo había tenido un mínimo control sobre ellas?

Un nuevo movimiento me hizo estremecer de pies a cabeza. Sus dedos recorrieron la cara interna de mis muslos. Sabía que no estaba sedosa, sabía que esa parte de mi ser estaba llena de estrías que le daban un aspecto rugoso además de esos molestos granitos que siempre salían por el roce de muslo con muslo o por el escaso refrigerio que puede llegar a tener esa zona al usar vaqueros y pantalones que diesen calor para soportar aquellas bajas temperaturas y más aún las de invierno. Podría haberle pedido que parase, pero por alguna extraña razón no me importaba que descubriese aquella zona una y otra vez. Era igual que si aceptase en secreto que él adorase cada milímetro de mi cuerpo y lo necesitaba. Necesitaba a alguien que no viese en mí defectos porque de esos yo ya tenía una larga lista llena.

Volvió a jugar con mi clítoris, pero esta vez lo hizo con sus dedos y después, una vez que volví a subirme en la montaña rusa del placer, pude sentir cómo poco a poco iba adentrándose en mi interior. Su dureza invadía cada milímetro del interior de mi anatomía y sabía que aquello sería tan placentero como en otras ocasiones, o puede que aún más por la urgencia de creer que jamás tendríamos al otro.

Derek se deslizó lentamente al principio, dejándose disfrutar de la tortura, pero también de la magnífica sensación. Después, poco a poco aumentó la velocidad hasta el punto en que ambos empezamos a perder por completo el control de todas nuestras emociones. Cada roce era exactamente igual que un chute de adrenalina, de pasión, de esa droga enfermiza a la que cada ser viviente está completamente enganchado, el placer.

Pude sentir como con cada segundo mis músculos se iban tensando, mi cuerpo pedía más pues quería relajarse por completo tras alcanzar la gloria y cuando eso sucedió, cuando las embestidas fueron tan fuertes y profundas como necesitaba, grité su nombre en la cúspide de mi orgasmo.

Ambos terminamos acurrucados en mi cama. No teníamos demasiadas ganas de movernos ni ir a ningún lugar, por lo que en cuanto tuviésemos hambre él pediría algo de comida para ambos. Me había desatado y ahora se dedicaba a acariciar suavemente cada pequeña muesca que hubiesen dejado las ataduras en mis muñecas. No me dolían, pero era inevitable que se hubiesen quedado un poco rojas.

— No sabía que te iba eso de atar… —bromeé antes de morder mi labio inferior conteniendo la risa pues buscaba mirarle casi como enfadada, algo que era imposible en ese momento.

— Yo tampoco sabía que a usted, señorita, le encantaba ser dominada —rozó la forma de mi mandíbula y después puso uno de sus dedos bajo mi mentón alzándome el rostro—. Aunque por su temperamento yo diría que es algo que tan solo pasa en la cama. ¿O me equivoco?

Arrugué mi nariz antes de responder. Recordaba que en mi familia siempre me habían dicho que tenía un carácter de mil demonios y ¿para qué negarlo si era cierto? A veces había llegado a perder tanto el control que me había vuelto igual que un animal, no pensaba, solamente hería para no ser herida aunque las heridas en el otro provocasen una herida más profunda en mi interior: la culpabilidad.

— Tengo muy mal humor, lo sé —hice una mueca finalmente sintiéndome mal por ello, como si fuese un gran defecto, algo por lo que nadie podría llegar a fijarse en mí porque no tenía sentido que lo hiciesen, como si solamente aquel que no quisiese una amenaza fuese a darse cuenta que yo no era la indicada y que no lo sería nunca. Igual que si nadie desease un reto por muy complicado que fuese.

— Y aunque parezca que no, eso también me encanta de ti —murmuró logrando un intenso sonrojo en mis mejillas que creí que jamás se borraría de ellas—. De hecho, creo que lo único que no me gusta es no saber qué está pasando por tu cabeza, nada más, o no entender los porqués de algunas de tus reacciones.

Eso podía entenderlo. Yo misma me solía desconcertar cuando intentaba ser lógica, cuando buscaba salirme de ese cuadro, de ese momento, de la racionalidad de mi propia mente para buscarle sentido a las interpretaciones que hacía de algunos gestos, de algunos momentos, de hechos concretos que para otros no tenían ni la más mínima importancia. Sin embargo, ese trabajo me costaba muchísimo esfuerzo, intentar ser otra persona para buscarle algún sentido a la lógica de todos los pensamientos que hacía prácticamente al instante mi cabeza.

— Aunque no lo creas, a veces yo tampoco entiendo mis reacciones —musité antes de recibir un beso en la frente.

— Pues descubrámoslas juntos —me sonrió cogiendo después el móvil para hacer el pedido.

2018 / Oct / 23

Solamente era capaz de recordar besos. Su comentario había llevado a mi autocontrol al traste. Su cuerpo se había apretado al mío y ambos habíamos terminado comiéndonos a besos a pesar de estar en la casa de mis padres. ¡A la mierda! ¿Reconquistarme? ¿En serio? Lo único que había tenido que hacer era aparecer para que en ese mismo instante estuviese en mi cama, con las manos atadas al cabecero con un pañuelo, que era exactamente igual al que me quitaba la visión. El resto de mi cuerpo estaba completamente a su merced salvo por mi ropa interior.

Pude sentir su aliento sobre mi pubis antes de aspirar allí la fragancia que provocaba mi excitación. ¿De qué diablos iba todo esto? ¿Desde cuando aceptaba que me atasen o someterme ante un hombre? Pero Derek no era cualquier hombre, no, Derek era diferente. En sus brazos podía sentirme a salvo, completamente.

Lamentablemente en el juego del amor, uno no puede evitar sufrir, de ninguna manera, pero sí puede escoger quién le hace sufrir y quién no. Y aunque el dolor era inevitable, sabía que Derek intentaría paliarlo, intentaría evitarlo, porque el mismo dolor que yo sintiese sería proporcional al suyo.

Pude sentir nuevamente los pétalos de la rosa por mi cuello, su suavidad y ahora eran envolventes y la manera en que él la iba dirigiendo por todo mi pecho, deslizándola por el valle de mis senos y dejándola recrearse en cada curva que estaba más que segura que él hubiese deseado probar con sus labios, rozar con sus dedos, pero quería hacerme perder el sentido con la suavidad de una rosa y la tortura de tener tan cerca su piel y no sentirla sobre la mía. Había algo, un placer masoquista en ese acto al que podría llegar a acostumbrarme.

Su aliento rozaba también mi piel. No la tocaban sus labios y sentir la manera en la que se aceleraba a medida que la flor iba descubriendo partes de mi cuerpo, me hacía subirme a un altar donde no había nada mejor que esa diosa en que me había convertido para él en aquella cama que jamás había tenido pecado alguno sobre ella.

La rosa desapareció durante unos segundos antes de que mi sujetador desapareciese de encima de mis senos. Casi pude escuchar cómo contenía el aliento y aunque lo deseaba, sabía que aún no me daría su boca. Para no suplicar por ella, me mordí el labio inferior y dejé que fuese él quien aún tuviese el control de la situación. Indefensa de esa manera, por raro que pareciese, me sentía increíblemente poderosa.

Fue la flor la que acarició mis senos a su merced. Se deslizó en una espiral por ellos hasta que terminó sobre mis pezones que a esas alturas ya estaban erectos suplicando a sus labios por la atención que no habían tenido durante demasiado tiempo.

No hubo más contacto de la flor por el momento, en su lugar, su boca calmó mis súplicas acariciando mi piel por el momento antes de atrapar uno de mis pezones en su boca succionándolo suavemente. Había algo mágico en ese gesto porque el calor de su boca parecía penetrar en mi piel para navegar por mis venas situándose en los lugares más erógenos de mi anatomía además de despertar cada molécula de mi cuerpo.

Arqueé mi espalda y él correspondió el gemido que escapó de mis labios con una pequeña mordida en aquel pezón que siempre creí inservible durante toda mi existencia antes de saber lo que un experto en la materia podía llegar a hacer.

Prestó el mismo servicio a mi otro pecho que había esperado impaciente ser el centro del placer durante un tiempo, el mismo o algo más que había notado el otro seno para no sentirse demasiado celoso de su compañero, como si estuviesen decidiendo cual de ellos era el favorito de Derek, si el derecho o el izquierdo. Mi cabeza sin embargo, estaba en otro planeta completamente diferente, ese planeta al que solo se puede acudir cuando el nirvana parece algo probable y no un cuento chino.

Las manos de Derek no se quedaron quietas, en su lugar subieron por mis piernas hasta atrapar mi última prenda y con dedos hábiles írmela quitando de una forma en la que jamás creí que resultase erótico el quitar la ropa. No necesitaba verlo para sentirlo y menos para saber que entre mis piernas se había despertado un hambre voraz del hombre que me estaba descubriendo igual que si nunca me hubiese tenido.

La rosa bajó nuevamente por mi vientre y después se deslizó entre mis labios vaginales acariciando aquel lugar que suspiraba con cada mínimo roce. Él sabía sin ningún problema cómo debía tratar aquella zona, cómo provocarme emociones que creí imposibles y más cuando la rosa desapareció de la ecuación y fueron sus labios quienes dieron un beso inmenso a mis labios inferiores. Tiré de las ataduras y solté un gemido que no me importó que escuchasen ninguno de mis vecinos por mucho que las paredes fuesen tan finas como folios.

Su lengua jugó en las zonas más íntimas de mi ser, provocó mi excitación aún mayor antes de empezar a centrarse más a menudo en mi clítoris que se retorcía de placer como yo misma con cada movimiento, con cada roce aunque fuese tan solo su aliento. Sus labios lo atraparon y dio un suave mordisco de esa forma haciéndome estallar en uno de los orgasmos más fáciles de toda mi vida. Jamás me había planteado que algo así pudiese darse, que con solo caricias y toques fuese posibles alcanzar la gloria.

Derek siguió entre mis piernas, bebiendo de mi orgasmo como si fuese lo más delicioso del mundo, consiguiendo que mis mejillas se tornasen del más oscuro carmesí antes de su boca ascendiese y me robase un beso a esos labios entreabiertos, resecos, que habían estado jadeando por su culpa.

— Eres deliciosa —susurró contra mi boca y volvió a besarme haciéndome perder el sentido por completo de todo lo que podía estar ocurriendo en el mundo.

2018 / Oct / 22

Una cita. No recordaba si había llegado a tener citas con Derek nunca. De hecho creía que toda nuestra relación había sido básicamente natural, sin preámbulos, sino que de buenas a primeras nos habíamos encontrado a ambos enamorados, besándonos y viviendo en el mismo piso en Moscú. Había tenido mis primeras citas, pero siendo sincera, dudaba que hubiese disfrutado ninguna de todas ellas por los nervios que tenía. Lo peor que podían decirme a mí es que una salida con alguien significaba una cita. ¿Por qué? Quizá por esa tontería que un “control” o “unos ejercicios” eran menos que un examen, aunque la nota nos la fuesen a poner igual. Eran pequeños fantasmas en el vocabulario que usábamos todos los días que nos llevaban a esas emociones intensas que casi parecían una prueba de vida o muerte.

Me incliné hacia el espejo para mirar mi maquillaje. Desde luego el pulso no era lo mío, pero al menos no estaban demasiado dispares las líneas del eyeliner. Era todo un lujo que no podía evitar recordarme. No siempre llegaba con un maquillaje convincente y por suerte uno de mis ojos estaba medio tapado por el flequillo que había conservado del pixie que me había hecho meses atrás.

Estaba completa y absolutamente nerviosa. Pasé el brillo de labios por mis labios y tuve que realizar varios retoques porque me temblaba demasiado el pulso. ¿Estaría aún a tiempo de fingir algún tipo de catarro o una diarrea para no tener que ir a la cita? Si lo hacía sabía que más tarde me iba a encontrar peor, que tan solo sería el alivio momentáneo de no tener que enfrentarse en ese instante a la incómoda situación, pero me martirizaría más que provocarme placer alguno.

Apoyé mis manos sobre el lavabo mirando mi reflejo imperfecto en aquel espejo que me odiaba tanto como yo a él. Los defectos eran realmente fáciles de observar cuando uno se quedaba demasiado tiempo delante de alguno de esos. Todo tenía una mejora posible, todo podía ser infinitamente más hermoso, más grueso o menos, más refinado, menos tosco, fuese lo que fuese me sentía al borde del llanto siempre que mi cabeza empezaba a gritarme aquellos pensamientos que tenía sobre mí misma.

Lo único que me quedaba por ponerme eran los zapatos, así que salí del baño en el momento exacto en que sonó el timbre de la puerta de mi casa. Mis padres se habían ido a ver a una de mis tías, así que estaba completamente sola en casa.

Fui hasta la puerta y la abrí comprobando que al otro lado un Derek tan apuesto como era sin necesidad de esforzarse, me miraba de aquella manera en la que mis mejillas se sonrojaban porque sabía lo que pensaba. Era yo, a sus ojos, la mujer más hermosa de la Tierra aunque a los míos fuese la más fea del universo. Temía que él viese todos esos defectos en algún momento, pero había algo en esa pequeña sonrisa que mostraba sus hoyuelos recordándome que los veía y que para él no eran defectos, ni mucho menos.

— Wow… Kyra, estás hermosa —musitó mientras se acercaba lentamente a mí para rozar con dulzura mi mejilla con sus dedos sin querer estropear el maquillaje.

— Gracias, pero… bueno, ambos sabemos lo que yo creo sobre eso —reí un poco terminando por negar ligeramente antes de dejarle pasar.

Derek tardó unos segundos en darse cuenta que me había movido para permitirle pasar porque estaba observándome de esa manera en que lo había hecho desde el primer día, desde ese momento en que nuestras vidas se cruzaron en el bar donde se había puesto a cantar una de las melodías más bonitas que había escuchado en mi vida.

— Lo olvidaba. Esto es para ti —me entregó un ramo de rosas rojas que parecían tan frescas como cuando se observaban con el rocío de la mañana. Tomé el ramo y acaricié suavemente los pétalos de una. Recordé sin poder evitarlo las veces en las que había visto a mi padre llegar con un ramo de rosas que había cortado, sin deber, en uno de los rosales cercanos que había a su lugar de trabajo.
— ¿Sabes que mi padre le traía rosas a mi madre de forma esporádica? —le miré a los ojos sonriendo ligeramente.

— Tu padre era todo un ejemplo a seguir para conquistar a una mujer, ¿no? —rió antes de que terminase uniéndome a sus risas y asintiendo—. Ahora entiendo porqué lo han tenido tan difícil todos los hombres para llegar a conquistarte.

Entrecerré mis ojos mirándole y negué llevando el ramo de rosas a la cocina para ponerlas cuanto antes en un jarrón y que me durasen lo máximo posible.

— La verdad es que él ha puesto el listón muy alto, es cierto, pero tampoco he tenido a tantos hombres intentando conquistarme y si lo han intentado se han echado más rápido para atrás de lo que yo les hubiese podido decir que se fuesen al infierno en alguno de mis maravillosos ataques de ira ilógica y aplastante —bromeé aunque no era del todo mentira lo que estaba diciendo.

Pude sentir el aliento de Derek en mi nuca mientras ponía las rosas en el jarrón. Su mano se alargó pasando por encima de mi hombro hasta que atrapó una de las flores. La sacó cuidadosamente del interior del jarrón y después la acercó hacia sí antes de que los pétalos rozasen tímidamente la piel de mi cuello. Me estremecí de pies a cabeza sin entender qué podía provocarme tanto de él que fuese tan diferente a lo de otros. Eran amores, sí, pero amores distintos. A él le amaba de una manera que ni tan siquiera había sido jamás ni lo más mínimamente pensado. Se había deslizado bajo mi piel, se había mezclado con mi ADN y me había hecho suya, en todas las definiciones posibles que podía tener esa palabra sin entrar en la dominación.

— No existirá flor en este mundo que supere tu propio aroma.

Noté su nariz rozando ahora mi cuello y supe que estaba completamente perdida.